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21/11/09

De la dominación

No sin cierta dificultad etílica logra finalmente abrir la puerta.
Afuera el nuevo día reverbera; algunos pájaros -los de siempre- que cantan sobre el rocío.
Adentro, las persianas bajas, un tufo a encierro y fastidio y ella que está sentada en el sillón mirando a la puerta con los brazos cruzados: a aquella por la que él está entrando en puntas de pie.

-Son las seis la mañana, ¿me podés decir dónde estuviste?
-Fuimos a cenar y...
-Hasta las seis de la mañana. Vos te creés que yo soy pelotuda.
-Pero no, mi amor, qué decís.
-Confesá que estuviste haciendo hasta las seis de la mañana.
- Son menos... veinte. Faltan...
-Encima borracho. Sos un hijo de puta. Vení para acá. Vení para acá, te digo, que te parió.

Él se acercó hasta el sillón y ella con la cabeza a la altura de su cintura le bajó el cierre y los pantalones con violencia. Con desprecio y una asepsia casi médica ella acercó la nariz a su pubis y luego -siempre sin tocarlo- bajó husmeándole el miembro y los testículos, por delante y por detrás.

-Vos estuviste cogiendo con otra.
-Que no.

La sangre le brotaba a borbotones de la mordida implacable, inesperada, mientras él gritaba y se retorcía en el suelo.
Fue al baño, escupió en el inodoro, tiró el depósito, se enjuagó la sangre y volvió a su cuarto.
Cerró con llave.
Los gritos cada vez se oyeron menos.
Hasta que dejaron de oirse por completo.
Un poco antes pudo recuperar el sueño perdido.
Y soñar.

3/11/09

Modern love

Me gusta despertarme con la persiana levantada y ver el amanecer o mejor, ver caer la lluvia.
Tanto mejor si estás a mi lado.
Me gusta despertar junto a vos, abrazarte, rodearte, protegerte, apretar tu cuerpo perfecto contra el mío.
Me enloquece que accedas a que te toque en cualquier momento, aún cuando estás dormida.
En unos instantes haremos el amor, mi vida, ya casi estoy listo.
¿Serías tan buena de traerme un vaso con agua?
¿Cómo para qué? Papi tiene que tomar la pastillita azul, sino no puede durar duro tanto tiempo.
Ah, y ya que estás prepará café.
Está bien, está bien, tenés razón: para cuando lo tomemos va a estar frío.
¿Tantas ganas de guerra tenés? Sos una insaciable.
Tenemos que ir a hacer las compras luego. Ya sé que no me podés acompañar. Pero un día, nos vamos a animar y vas a ver que sí, todo va a cambiar.
¿Que te traiga un disfraz nuevo? Sí, sí. A ver, ¿cuál? El de enfermera ya te lo compré el mes pasado, la colegiala hace dos semanas y el viernes pasado el de secretaria. ¿El de mucama? ¡genial!
Mmm, está haciendo efecto.
A trabajar, mi vida. Baje y chupe, vam' vam', así, ssí.
Ya estás húmeda vos, perrita...
Dale dale dale dale así dale daledaledale le dal ealde aaaa nnnhhh

...

Qué bueno que coincidamos en todo, ¿verdad amor?

¡Mierda y la reputamadrequelosparió, malditos chinos, se pinchó!

23/9/09

Con azúcar o edulcorante

Dónde estabas.
...
Te estuve llamando toda la tarde; dónde estabas.
...
Así que en el cine, me dijiste que no ibas a salir.
...
Quién es Mónica.
...
Decime desde cuándo no hay señal en el cine.
...
Yo tampoco sé nada de telefonía celular; qué fuiste a ver, ya que estamos.
...
De qué se trata, quién trabaja, cómo termina.
...
Cómo para qué quiero saber, cuando salga de la oficina voy a ir al cine a verla y después comparamos.
...
No te atrevas a decirme que me chifla el moño, acordate la última vez.
...
Vos andás con alguien; si te agarro te revientoa patadas, vas a ver, vas a ver.
...
Lavate la boca cuando hables de mi mamá.
...
Te voy a dejar en la calle, puta.
...
Son menos diez y todavía no fuiste a buscar a los chicos a la escuela.
...
Ah, ya estás en camino. Qué hay de cenar hoy.
...
Otra vez mondongo, tengo los huevos llenos de mondongo.
...
Ah, si lo hizo tu mamá, entonces...
...
Cómo le fue a tu papá en el médico, que se cuide tu viejo, che...
...
Sí, claro, bueno, nos vemos esta noche. Ah, no, no me esperes a cenar, llego tarde, tengo un partid...
...
No hay problema, lo cancelo, les digo que no me repuese del tirón en el muslo de la vez pasada.
...
Chau, un bes... te qu..., cortó.

Ves Gómez, hay que tenerlas cagando a las minas, sino te cagan a vos.
Bueno, volvamos al proyecto de inversión.

Silvia, traiga dos cafés.
...
Con azúcar o edulcorante, me pregunta.

2/9/09

Amor grande

Ya ha dejado de llover esta tarde de sábado y aunque queda poco invierno, afuera hace frío.
Ellos están rendidos sobre la cama, no hablan, las sábanas arremolinadas, respiran agitados.
Ella tiene la cara hinchada aún y el sudor le pega los cabellos negros sobre la frente y la mejilla.
Tiene la boca enrojecida, los labios le arden: los sábados él no se afeita y sus besos son de vidrio molido. Manteca de cacao y listo, se justifica ella.
Se inclina sobre su costado y lo mira regular la respiración que lo sumerge en un sueño profundo.

"Tengo hambre", piensa ella e inmediatamente se mira en el espejo del techo.

Ya está acostumbrada a verse así, con la celulitis poceándole el culo enorme, los tobillos con líquidos retenidos, las várices y los rollos de grasa que se superponen sobre la piel, la papada derramada sobre la almohada y el pubis oscuro perdido en los pliegues de su cuerpo; sin embargo, tiene los pechos pequeños, con pezones rosados (de uno le brota un pelo que siempre olvida depilar; a él no le importa).

"Parezco una foca blanca -piensa y se ríe-, le voy a pedir que me regale un buen par de tetas -se toma un pecho y lo estira para simular-, aunque ¿podríamos gozar más todavía?"

Se sonríe y recuerda minutos antes cuando la cabalgaba y la carne les galopaba el esqueleto. Las ondulaciones de los embates le hacían acordar a las vibraciones de la cinta para adelgazar que le había prescrito el dietólogo número 9.

"Menos mal que pudimos vender esa máquina de mierda en Mercado Libre", se dijo con alivio y rencor hacia el médico.

Lo mira dormir boca arriba. Ronca como si se fuera a partir en dos; le hace acordar a los ruidos raros que hace el pozo ciego que no tiene arreglo y se ríe, ella siempre está de buen humor. Se ríe aún más cuando se da cuenta de que tiene más pechos que ella. Tiene el abdomen como si se hubiera tragado viva una tortuga de las Galápagos. A ella le da ternura y enseguida le busca el miembro reducido de nacimiento. Él se la quita de encima de un manotazo y sigue durmiendo. Ella insiste.

-Dejáme un cacho, querés, pará que... -y se volvía a dormir.

Con bastante esfuerzo se levantó de la cama -estaba demasiado baja- y se fue a duchar.

-Negro, vení a pasarme el jabón en la espaldita, dale -le gritaba con voz dulce. Finalmente se despertó: para no mentir y decir que tardó poco diremos que no llegó tarde.

-¿Así que jabón en la espaldita? -y la tomó por sorpresa y rieron y lo hicieron una vez más.


En el bar de enfrente hay dos amigos tomando cerveza mientras espían a los que entran y salen del hotel de alojamiento.

-¡Mirá esos gordos que salen! ¿Te los imaginás cogiendo?
-Todo el mundo coge, che.
-Sí, todos menos nosotros.
-Mozo, otra bien fría, por favor.

21/8/09

Fue amor


Se conocieron durante las XXIV Jornadas sobre enfermedades del colon y recto, precisamente en la cena de clausura-baile-torneo de bolos auspiciado por la Federación Blogoslava de Proctología. Bajo el lema "Dele un abrazo a su proctólogo hoy" impreso en letras rojas sobre un lienzo oblongo que atravesaba el salón, una banda a la Duke Ellington tocaba alegres standards de jazz.

-¿Baila, doctora? -le dijo tímidamente mientras se tanteba el jopo engominado que reflejaba las luces verdes, rojas y azules de la pista de baile. A pocos metros en grupos de a cuatro, cada uno con su bola y con sus uniformes alusivos, proctólogos jugadores de bolos o boliche o bowling, como quiera que se diga. Ella bebía un Manhattan sentada a la mesa con su traje de noche un tanto atrevido para alguien que nunca muestra más de arriba de los meniscos -así son las costumbres en Blogoslavia-, la bola de espejos la bombardeaba con sus haces de luz diminutos justo cuando la banda tocó Blue moon y la luz negra le puso fosforescencia en los dientes y le oscureció la piel: parecía Billie Haliday. Miró hacia los costados para cerciorarse de que el caballeroso facultativo especialista en fisuras anales -había disertado ayer sobre las inconveniencias del filo del maní mal digerido- no se dirigiera a otras y dijo:

-Será un placer.

La tomó de la mano y la condujo hasta el centro de la pista. Allí él, un excelente bailarín, la hizo soltarse.
-Relaje, relaje -le decía cantando sobre la melodía de Blue moon, tamborileando sus ágiles dedos sobre el cinto de rayón ceñido a su cintura. Siguieron bailando I've got a crush on you, y él le susurraba al oido el final de los versos donde decía "sweety pieeeee...".
-¡Ah...! -era todo lo que ella podía decir extasiada.
-Soy el Doctor...
-... Tuhesberg -lo interrumpió.
-¿Me conoce? -finjió sorpesa; los médicos también pueden ser tímidos para relacionarse pero su ego es infinito.
-Sigo fervientemente sus artículos en el Anus Digest y el Healthy Colon Review.
-Y yo que creía que esta profesión tan arcana jamás daría semejantes satisfacciones -sonrió y la corona de oro sobre el premolar superior derecho le confirió la magia de un totem al brillar un instante.
-Es usted muy zalamero.
-¿Y usted es la Doctora...?
-Appleby -dijo breve y quedó sonriendo.
-¿Y dónde está el Sr. Appleby?
-No hay Sr. Appleby.
-¿Es que Ud., además de vivir en un pueblo que sufre de trastornos del colon y recto también son ciegos?
-Tendré que cuidarme de Ud., Don Juan -le dijo ruborizada.
-¿Y su especialidad es...?
-Hemorroides; he sentido fascinación por las hemorroides desde que tengo recuerdo. Cuando niña tuve una perra, Selma, pobre Selma: sufría de este mal. Mientras otras niñas jugaban con sus muñecas yo me disfrazaba de doctora y trataba de devolvérselas al interior con el cargador del trabuco de mi tatarabuelo. Una vez, con mi infantil intuición, tomé una navaja del cajón de mi madre y quise operarla una tarde de verano en el jardín trasero pero mi abuela me sorprendió justo cuando iba a realizar la incisión en el hemiano del animal. Tal vez se hubiera salvado, pobre Selma.
-Sabe, hace un par de meses adquirí un colonoscopio alemán de última generación que es la delicia de mis pacientes. El viejo aparato era vituperado en cada ocasión y creo que aunque exagerados sus reclamos tenían razón; éste lo reciben con un cariño fraternal. Los pacientes son tan raros...
-Y después dicen de nosotros que que somos unos pervertidos que encontramos la excusa en esta noble e indispensble disciplina para hurgar en la cavidad más infame del ser humano: es indignante. Hay veces que me dan ganas de llorar.
-Recuerdo un paciente que se quejaba de lo humillante que le resultaba ser auscultado. Se sentía vejado, me decía. Y yo le contestaba: "Dígame una cosa. Si ocurriera que Ud. quedara desnudo en pleno centro de la ciudad, ¿qué se taparía?" Y él respondía: "Mis partes pudendas, naturalmente". Y yo le retrucaba: "Está Ud. equivocado: debe taparse la cara. Nadie va a reconocerlo de ese modo".

Rieron. Pero ella rió más y a él le dieron ganas de robarle un beso pero hubiera sido de mala educación. No importaba que él estuviera divorciado (el selecto círculo de proctólogos blogoslavos pertenece y contribuye a la Iglesia de Jesús en los años de jolgorio y gomías que no solo admite el divorcio, sino que lo pormueve) y que ya hubieran dejado atrás los 50 años cada uno.

La tanda de música romántica había terminado hacía dos canciones pero ellos no se habían dado por enterados, tan absortos que estaban el uno en el otro. Finalmente, una pareja de proctólogos que bailaba desenfrenadamente el Rock around the clock de Bill Halley los sacó de su embobameinto cuando el taco de la bailarina le rozó la frente al Dr. Tuhesberg.

-¿Juega Ud. boliche, Dra. Appleby?
-Calixta, es mi nombre, pero me dicen Cal.
-Hermoso nombre. Y Ud. puede decirme...
-Jack.
-Olvidaba que Ud. sabe más de mí que yo mismo.

Rieron.

-¿Juegas boliche, Cal? -le dijo derribando las barreras del protocolo: los proctólogos son muy solemnes.
-Claro, Jack. Un proctólogo que no juegue boliche no es un buen proctólogo.
-Tienes toda la razón. ¿Quieres otro trago?
-Sí, pero luego debemos ingerir un poco de fibra. ¿Tendrán avena o pan de salvado en la barra?
-Tal vez nos lo sirvan para el desayuno.
-¿Qué hora es?
El Dr. Tuhesberg miró su muñeca y dijo:
-La medianoche.
-¿Jugaremos hasta el otro día?

Volvieron a reir.
Él le ofreció el brazo y fueron caminando con pequeños saltos hacia una pista vacía, alejada de los demás.

A las 5:58 AM dejaron el salón justo cuando reverberaba el limbo del orto solar.
El aire aún fresco comenzaba a entibiarse.
En un par de horas el calor sería insoportable.

Pero ellos ya estarían disfrutándose en la confortable habitación climatizada del hotel.

Un amor de otoño, pensará quien lea.
Pero nunca es tarde para el amor.

Todos los médicos volvieron a sus ciudades al otro día.
Ellos decidieron quedarse toda la semana.
El sábado a las 3 AM, visiblemente alcoholizados, se casaron en una capilla de neón y fueron felices y tuvieron dos niños: Alvin y Jeremiah.
A los pocos años Calixta recibió un premio de la Federación Norte de Proctología que lamentablemente hizo aflorar mezquinos sentimientos de envidia en Jack, quien al no poder soportarlo la abandonó con sus hijos y nunca más se supo de él.
Ella tuvo otros tres matrimonios, pero también fracasaron.
Los motivos no nos han sido revelados.

18/8/09

De la desafectación (signo de los tiempos)

Ella sale de la ducha y se envuelve en un toallón.
Inclina su cabeza hacia un costado para secar su melena oscura mientras con una mueca pícara se dirige hacia la cama donde él ya está saciado; presintiéndola se hace el que dormita. Ella entonces va hacia la ventana y espía la calle por las hendijas de la persiana de metal: ha vuelto el frío, lo ve en los gestos de la gente.
A medio vestirse lo sorprende cuando abría un ojo para ver qué estaba haciendo; se desnuda otra vez y salta sobre él.
Forcejean, ella le mete las manos mientras él trata de zafar haciéndole cosquillas hasta que finalmente lo logra.

-Basta, se me hace tarde.

Va hacia la silla y comienza a abrocharse la camisa. La mira despatarrada sobre la cama, el pelo negro revuelto, el tatuaje bajo el ombligo, la juventud le sostiene el cuerpo, le tensa la piel, a pesar de la flacura (él sabe que no come todos los días).
Sin decir nada él se lamenta confirmarse bastante gris también en estos espejos.

-Cómo andás de guita -le pregunta y ella encoge los hombros como minimizando. Saca dos billetes de cien de su pantalón y se los da. Todavía desnuda los hace un bollo y aprieta fuerte en una mano mientras se arrodilla ante él con la mirada entre sumisa y lasciva.

-Levantate -le ordena sin alzar la voz-, no quiero que me agradezcas así.
-Decime qué... cómo querés... digo, quiero agradecértelo de algún modo. Siempre sos tan bueno conmigo que...

Él detectó un conocido brillo en sus ojos, como acuoso, a punto de, incondicional, de verdad, pegajoso, peligroso y trastabilló: al final le pasaba lo mismo con todas; no le salía de otro modo, siempre al revés, él que quería hacer como todos: salir limpio para la próxima y sin embargo no; y después era un drama, un dramón. Tal vez ya era demasiado tarde, pero de todos modos se lo dijo (mal).

-Si querés agradecérmelo, entonces, no te enamores nunca de mi.

Minutos más tarde él la dejaría en la parada del colectivo congelándose con una sonrisa, los ojos aquellos y la mano diciendo chau.
Él le contestó con un toque discerto de bocina y se alejó. Fue doblar la esquina y no verla para poder a respirar aliviado.

Al menos hasta el próximo encuentro.

29/4/09

Onto Peep Show

Deja correr el agua por su cuerpo y una momentánea caída de la temperatura le tensa la piel, los pezones. En un descuido algo de champú le obliga a cerrar la mirada con ardor.
De pronto, miles de ojos se abren. Todo parpadea: los azulejos, las flores antideslizantes de la ducha, la toalla que ella dejara caer al lado de la bañera, con gran esfuerzo logra asomarse sobre el borde, las gotas de agua y sus pupilas dilatadas que se suicidan en pleno goce contra su epidermis.
La siniestra ocularidad, invisible y lasciva, la hace sentir incómoda y se enjuaga rápido las órbitas.
Abre sus ojos aún enrojecidos pero los otros ya se han cerrado.
Último recurso: el jabón se inmola dejándose caer a sus pies y logra hacerla resbalar y caer, apenas audible, con la cabeza contra el borde de loza.
Agoniza toda desarticulada con el agua sobre el cuerpo; un hilo de sangre tiñe al jabón que se disuelve heróicamente bajo una de sus costillas.
Los ojos, extasiados, vuelven a abrirse.