9/12/09
2012: ¡a copular que chocan lo planeta!
07.12.2009, 19:30 hs, Buenos Aires, Blockbuster de Paraná y Maipú (La Lucila).
A 746 días del fin du monde.
Luego de un domingo doméstico que incluyó caminata por la ribera sanisidrense (dog turn), desmalezamiento de la entrada de mi nueva y transitoria morada, aspiramiento de pelusa umblilical del domo, planchado y demases resolví alquilar algún film en el video arriba mencionado.
Suddendly, suena el celular:
-¿Podés estar a las 20 hs en el cine?
-Estoy en bermudas.
-Aunque es imperdonable que un señor mayor como vos use bermudas, podés venir así.
-De ninguna manera. Me cambio y voy. ¿Qué vamos a ver, acaso hay algo digno?
-Obvio, 2012.
-'Tas en pedo.
-Dale.
-OK ¿Por qué simpre me avisás para ir al cine a las corridas?
Y cortó.
Era el Herr Professor Weisenstein que claro, como se vuelve a la Teutonia en breve quiere hacer todo como si tuviera cagadera.
Encima el auto calentaba y llegué a tirarlo en el parking (forma más económica de decir estacionamiento; la explicación de esta trivialidad demandó 16 palabras de más) antes de que explotara.
A 10 minutos del comienzo del film al Herr Professor se le ocurrió comprar un tentempié con Coca Cola para tolerar el tiempo inmovilizado y casi llegamos tarde. Como todo científico que ha usado su propio cuerpo para experimentos, el Herr Professor no puede dejar de tomar Coca Cola. Si lo hace algo terrible ocurrirá, dice y yo me pregunto qué puede ser peor que Moyano y la pareja de pingüinos.
Ya les comento la peli.
El director agarró la licuadora de los cataclismos y los delirios milenaristas y metió:
1. Terremoto (en Technicolor y Sensorround - transcurre en California, autopistas que vuelan por el aire)
2. La aventura del Poseidón (un barco gigante dado vuelta por un Tsunami)
3. Mentiras verdaderas (FX delirantes)
4. Indiana Jones (todo)
5. Titanic (puaj)
6. El día de la independencia (desastre, destrucción, voladura de cascotes, etc.)
7. La guerra de los mundos (padre separado y despreciado por sus hijos se convierte en heroe)
8. Los colimbas se divierten (Olmedo y Porcel)
Apretó velocidad 3 y sacó este himno a la cinematografía y FX del siglo XXI
Highlights:
Se salva el G8 - Argentina no es nombrada - Cristina y Nestor no están en las arcas noéticas- los únicos presidentes que deciden quedarse a morir con su pueblo son el yanqui (un negro) y el italiano que se queda con el papa CachoIV en la plaza San Pedro - Solo hay lugar para 400.000 tipos que son todos multimillonarios - los pasajes valían mil millo (...) M: a desembarcar en el cabo de Buena Esperanza donde millones de negritos africanos se constituirán con sonrisas blanquísimas para ser esclavizados nuevamente.
(...) Había escrito un montón de cosas hasta que sin querer lo borré y no lo pude recuperar y ya no tengo ganas de escribirlo de nuevo.
Lo lamento.
Importante: el mundo no se acaba por culpa del hombre, sino por el sol. Así que ¡a contaminar! ¡a contaminar!
Al Herr Professor le gustó: es un nene.
Me dio escalofríos que la gente aplauda al finalizar la película (¿no le parece de boludos hacerlo? aunque sea la mejor peli ever made, ¿a quién le aplaudís, salame? )
¡Qué lindo! eeeeeeeeee a pepé.
26/8/09
La stella che non c' é

Este mes pasaron (y seguirán pasando) por cable La stella che non c' é (Iatlia - 2006) (La estrella ausente), film de Gianni Amelio, protagonizada por Sergio Castellito y Tai Ling.
El argumento es simple: una empresa italiana vende una máquina defectuosa a una acería china. Vincenzo Buonavolontá, el jefe de mantenimiento decide viajar por su cuenta a enmendar el defecto. Al llegar se encuentra con Liu Hua, una joven que habla italiano; juntos emprenden el viaje en busca de la planta industrial y una particular historia de amor.
Hasta ahí sería la reseña de cualquier diario.
Los aspectos que me impulsaron a escribir este post son:
1. El viaje hacia lo Unheimlich (no familiar)
Este viaje ejemplifica la pérdida subjetiva, la angustia que experimenta el sujeto al dejar su territorio seguro-conocido-materno (Italia) para perderse en una inmensidad geográfica y humana inimaginable y en un lenguaje casi imposible de asimilar como lo es el mandarín.
Su permanente sensación de soledad y extravío tienen consuelo en el objetivo heroico, casi quijotesco del viaje impuesto por sí mismo: encontrar la planta industrial (casi una aguja en un pajar) y solucionar el problema/salvar el honor que es equivalente a las historias de caballería donde el caballero emprende un largo viaje plagado de peripecias para encontrar el castillo en el reino lejano que tiene cautiva a la princesa.
Es no solo un viaje burgués, es un viaje burgués post industrial signado por lo que el film propone como un valor esencial perdido: la responsabilidad por el trabajo bien hecho.
El nombre del protagonista Vincenzo Buonavolontá resume estos valores ideológicos y el mensaje del film: la buena voluntad vence todos los obstáculos.
2. Liu Hua, la china que habla italiano
Ella se transforma en su lazarillo guiándolo por la ceguera del lenguaje traduciéndole lo que sus ojos ven pero no miran. La cámara mira al protagonista como un extraño y eso lo hace sentirse extranjero. La cámara se convierte en los ojos de China.
Definitivamente este film no podía hacerse con el ojo impaciente y ansioso de Holywood.
Para él es inadmisible que pase tan poco. Largos y lentos paneos de cámara que no ven nada y miran todo.
Ella le dice en ese tono porveribial típico de la China respecto de sus reacciones arrogantes, características de una actitud eurocéntrica del que cree tener derecho de llevarse el mundo por delante y que fracasa inexorablemente con dolor, que "El chino primero te pone el pie para que te caigas y luego te da la mano para que te levantes."
No obstante, el director intenta demostrar que la vida en China no es ni paraíso ni infierno.
"¿Te imaginas la China sin chinos?", le pregunta ella.
"Te imaginas Italia sin los italianos?", le responde y ambos ríen.
Los lugares hacen a la gente y la gente hace a los lugares: ¿se imaginan Argentina sin argentinos?
3. El espacio y el tiempo
El relato evoca el genero literario conocido como fantástico italiano; especialmente hace honor a Dino Buzzati y Los 7 mensajeros y El desierto de los tártaros. Buzzati empleaba como recurso fantástico la conjunción de una topografía particular en donde lo geográfico y arquitectónico provocan la inestabilidad subjetiva y un tiempo dilatado que declara la inutilidad y angustia de la vida.
En el film son las enormes distancias, las gigantescas geografías, kilómetros de ríos, alturas interminables, llanuras áridas inconmensurables que empequeñecen y pulverizan al insignificante jefe de mantenimiento italiano en un manto brumoso (solo hay un día de sol al año dice ella) que destruye la temporalidad.
4. La paciencia china
Las claves de la película:
Por un lado, la ansiedad y la arrogancia presentadas como esencia de la vida burguesa comprimida en un traje 5 talles más chico parecieran ser el agua del dique que se quiebra y que lejos de inundar y arrasar son absorbidas y diluidas en la paciencia que impone la infinita geografía.
Por el otro, la solidaridad, la aceptación de la vida, del destino, a veces con resignación, la moral que estigmatiza.
Ambos aprenden del otro, se complementan para darse cuenta de que al final no son tan distintos estando cada uno en el extremo opuesto del mundo y la humanidad.
5. La estrella ausente
"Las cuatro estrellas menores de la bandera china -le cuenta ella- significan trabajo, honestidad, justicia y solidaridad."
"Me habían contado otra cosa", le responde él, pero prefiere callar.
¿Cuál será la estrella que no está?
Naturalmente, no hay una respuesta.
Hay que ver el film.
Nada más.
2/7/09
Lo que más quiere Clarín

Vuelvo cada tanto a contarles cómo se divierte y manipula el que pone y diagrama los titulares del gran diario argentino.
Según la teoría de la jerarquización del lenguaje (tema y rema) la palabra Cristina está rematizada y focalizada dentro de una emisión fragmentada. El objetivo: expresar el deseo de que Cristina deje el poder.
Me explico.
El titular completo es Se fue Jaime y Cristina confirmó a Moreno
Lo más improtante, en la lengua castellana, se ubica al final.
Quiere decir que cuando hablamos, inconcientemente organizamos la información que queremos trasmitir de modo que lo más importante se ubica al final de cada emisión, llamado foco y que está incluido en el rema, o información nueva que se provee a medida que se habla.
Ahora bien, el titular se expone, se lee así:
Se fue Jaime y Cristina
confirmó a Moreno
Cristina quedó, como dije antes, en posiciónen focal y si lo leemos de una vez podríamos entender que se fueron Jaime y Cristina.
Recién en la segunda lectura entendemos que el verbo ir en pasado 3ª del singular (fue) concuerda con Jaime y no con Cristina que confirmó a Moreno (por lo visto, Jaime y Cristina tampoco concordaban políticamente).
Es sabida la tensión gobierno- Clarinete y éste último no pierde oportinidad para el gaste tirando la piedra y escondiendo la mano entre las gramatiquerías.
Refuerza multimodalmente el deseo de que se vayan los K la imagen del jugador de Estudiantes gritando el gol sobre Cristina.
17/5/09
Luisa

7/5/09
Charco beat

Luego de que gentilmente me regalaran las entradas, el domingo pasado acompañé a mi hijo menor (18) a ver a Oasis, banda que tiene buenos temas, aunque su sonido, luego de escucharlos una rato me altera los nervios.
28/2/09
El paseo del olvido

El Paseo de Julio (actual Av. Leandro N. Alem) fue la avenida ribereña de la ciudad de Buenos Aires, dice el oráculo Google cuando se lo consulta.
La verdad es que entre otras cosas, el olvidado Paseo de Julio, fue la zona roja de Buenos Aires hasta el primer tercio del siglo pasado.
Testimonios de su existencia traigo dos; el primero, un tango de Gardel; el segundo, un poema de Borges. Ambos de importancia menor para la (mi) historia de la música y las letras, para los autores, tal vez una confesión.
Dice la letra de Paseo de Julio de Gardel, grabado en 1928
Paseo de Julio, tu vieja recova
Recuerda otras horas que no olvidé.
Sembraron ropas en tu vereda
Y en tus agencias pusieron miel.
(...)
Tus arcos como un puente que pesan por sus años,
tus luces de colores, tiraron mi ansiedad
y así al pasar enfrente de aquél café el muchacho
se me cruzaba entonces y quise preguntar.
Yo vi en la misma mesa que aquél siempre ocupaba
un marinero amigo, que fijo me miró.
Y cuando la cerveza sus labios ya mojaba
me dijo: fui testigo, murió el pobre de amor.
Antes de continuar sepamos que una recova no es una cadena de pizzerías, sino una especie de soportal; el Paseo de Julio era una sucesión de estos pórticos que sostienen los edificios (soportal: soporte/portal) favoreciendo una galería larga y oscura, óptima para ocultarse y comerciar el cuerpo.
El tango de Gardel cuenta la clásica historia de un muchacho que se enamora de una prostituta que no lo corresponde. Tal vez el Zorzal (esto de los aspectos autobiográficos está prohibido en la crítica formalista, pero es innegable que la chismología es lo que más divierte) fuera víctima de este tipo de amores, aunque también se dice que a Carlitos las mujeres no le quitaban el sueño.
Su poesía está plagada de loas a los héroes, a los ancestros, a los sajones, a la pampa, a los compadritos, pero en su Paseo de Julio, Borges ya no puede más y confiesa que mantuvo con él una relación de amor-odio, de imposición de la carne sobre el pensar. Supongo inflamaciones de todo los tipos acosando al pobre y torturado Georgie; intentando prefigurar Ficciones y El Aleph mientras la hembra lúbrica lo embarga. Se venía desde Palermo hasta esta allí a saciarse o a mirar (mientras pudo), tan vulnerable en el mundo real que da lástima. ¿O será que todo era una máscara? Qué mejor que el beneficio de la duda.
El mentado Paseo es nombrado por Borges en otros relatos pero aquí dice lo que tiene que decir.
El Paseo de Julio (JL Borges, 1929, Cuaderno San Martín )
Juro que no por deliberación he vuelto a la calle
de alta recova repetida como un espejo,
de parrillas con la trenza de carne de los Corrales,
de prostitución encubierta por lo más distinto: la música.
Ha vuelto al Paseo sin meditarlo, de puro caliente no más, con las consecuencias que ello acarrea.
La calle es la calle de la callejera, como si el Paseo y la prostituta conformaran un ente indivisible, un devenir calle de la prostituta, puta y calle hacen máquina como la orquídea y la avispa de Deleuze.
Puerto mutilado sin mar, encajonada racha salobre,
resaca que te adheriste a la tierra: Paseo de Julio,
aunque recuerdos míos, antiguos hasta la ternura, te saben,
nunca te sentí patria.
El puerto mutilado es el sexo femenino, sin mar, sin amor, con sabor a resaca y olor a marinero; el paseo estaba próximo a la vieja aduana, muy cerca del río, del puerto.
Los recuerdos de familia y este tipo de recuerdos a pesar de "tiernos" son incompatibles, no siente orgullo, más bien los reniega, le avergüenzan, no les da espacio propio, les rehusa la patria, no tienen territorialidad.
Sólo poseo de ti una deslumbrada ignorancia,
una insegura propiedad como la de los pájaros en el aire,
pero mi verso es de interrogación y de prueba
y para obedecer lo entrevisto.
Sigue preguntándose por su inexplicable caída en la tentación, cómo él, que es todo razón no puede imponerse sobre el goce.
Barrio con lucidez de pesadilla al pie de los otros,
tus espejos curvos denuncian el lado de fealdad de las caras,
tu noche calentada en lupanares pende de la ciudad.
El pecado que deforma las apariencias en los espejos curvos. Se llega al Paseo atraído por influjos malignos que dominan la voluntad.
Eres la perdición fraguándose un mundo
con los reflejos y las deformaciones de éste;
sufres de caos, adoleces de irrealidad,
te empeñas en jugar con naipes raspados a la vida;
tu alcohol mueve peleas,
tus griegas manosean envidiosos libros de magia.
¿Será porque el infierno es vacío
que es espuria tu misma fauna de monstruos
y la sirena prometida por ese cartel es muerta y de cera?
Denuncia escandalizado como si fuera un cura desde el púlpito mientras la monja lo fela debajo de la sotana.
Tienes la inocencia terrible de la resignación, del amanecer, del conocimiento,
por los días del destino
y que ya blanco de muchas luces, ya nadie,
sólo codicia lo presente, lo actual, como los hombres viejos.
Detrás de los paredones de mi suburbio, los duros carros rezarán con varas en alto a su imposible dios de hierro y de polvo,]
pero, ¿qué dios, qué ídolo, qué veneración la tuya, Paseo de Julio?
El primer verso de esta estrofa es el más largo del poema. Es un paredón de palabras como aquel que lo protege en el suburbio -la madre-; una línea divisoria entre lo que se dice y el ardor de los cojones. Duros carros, varas en alto; alusiones a la erección lista para diseminar la esperma consumista de aquellos que sucumben ante el poder alienante de la ciudad, el dios de hierro y polvo.
Pero al Paseo de Julio nada; al preguntar por la veneración que le cabe en suerte la palabra se desdobla y responde solapadamente, vergonzosamente, con voz baja, una venérea.
Tu vida pacta con la muerte;
toda felicidad, con sólo existir, te es adversa.
Borges maldice y condena al Paseo de Juilio y a sí mismo.
Un paseo complicado, este de Julio; luego de que la curia prohibiera su emplazamiento en Plaza de Mayo, Lola Mora instaló en 1903 su monumental escultura "Las Nereidas" en la intersección de Alem y Perón. Pero los desnudos molestaron al pacatismo hipócrita y la trasladaron a la entonces marginal y despobladísima costanera sur.
En algún momento, el Paseo de Julio dejó de existir; al refundarle el nombre, al mover las piezas geográficas. De lo que mejor no hablar, mejor olvidar, sacar las palabras del diccionario para que nunca hayan existido. Que quede flotando en la incertidumbre de un sueño, hasta que se desvanezca.
21/1/09
Adiós Magma - Sorry Gordi, pero los ingleses leyeron mejor

Este artículo pensaba darles noticias inesperadas, tales como que el rock ha muerto y que lo había hecho a mediados de 1970. Luego pensé que comunicar una noticia tan vieja no tendría sentido, entonces se me ocurrió confrontar al rock inglés con el rock yanqui en un petardista versus, y aunque algunos amigos a los que le consulté sobre el tema me dijeron que mi teoría era absurda, inútil y tendenciosa la escribí de todo modos. Será porque me parecen genialmente grotescas las cosas absurdas, inútiles y tendenciosas. En fin, allí va.
El rock & roll nace, como todos saben, en Disneylandia, y lo inventó aquella gente de color de origen africano que fue esclavizada por los blanquitos para trabajar en las plantaciones de algodón. Lo que los blanquitos no sabían, era que estos negritos, además de reproducirse como conejos, tenían habilidades musicales innatas. De modo que luego del blues, el rhythm & blues y el jazz, inventaron el rock & roll de la mano de Muddy Waters, Little Richard, Chubby Checker, Chuck Berry, etc. y parece que los blanquitos, luego de espantarse, escucharon atentamente a Papá Capitalismo que les decía “No sean giles, ahí hay negocio, my fellow Americans” y empezaron a copiarlos. Así fue que apareció un tipo ridículo con un rulo rubio engrasado sobre la frente como Riverito, pero gordo, cantando Rock around the clock, que obviamente fue un éxito. Luego vino Elvis y el rock yanqui se hizo más popular que la mantequilla de maní.
Y ya que estamos, me permito una pequeña digresión: les cuento la historia (apócrifa) de la mantequilla de maní. Corrían tiempos de guerra (los yanquis siempre están en guerra), entre muchos otros alimentos la manteca escaseaba y había que reemplazarla por la de maní que abundaba y era más barata, pero era un asco. Bien, dicen que le pidieron a Elvis que la promocionara, a lo cual accedió de buen grado y con éxito. Gracias a Elvis los yanquis son los únicos que consumen mantequilla de maní por millones de toneladas anuales y creen que es tan sabrosa que se la comen con cuchara del frasco.
Del mismo modo que adoptaron la mantequilla de maní como si se tratara de un manjar de los dioses leyeron (interpretaron) al rock de los negritos: lo leyeron mal, sin gracia, asexuado, sin feromonas y mersa como la mantequilla de maní. Tanto arruinaron los yanquis el R&R que los negritos dejaron de tocarlo y se lo regalaron, quedándose con el blues, el jazz y el soul que no fue poco.
El rock yanqui blanco (de ahora en más rock yanqui) es la regurgitación de una copia mal masticada, hecha a los apurones para vender discos. Miren que los yanquis tuvieron cientos de bandas y músicos de rock, pero a la posteridad pasarían con mi poco humilde criterio los siguientes: Jimmi (Obama) Hendrix, The Doors, Bob Dylan, Creedence Clearwater Revival, Tom Waits y Nirvana. No, ese no, no, ese tampoco, ese tampoco. El resto son solo epígonos (qué linda palabra).
Pero si por el contrario digo Beatles, Rolling Stones, Led Zeppelín, Deep Purple, Clapton, The Who, EL&P, Elton John, Yes, Genesis, Pink Floyd, Queen, King Crimson, Black Sabbath, The Police, Sex Pistols, Iron Maiden, David Bowie, (la lista sigue) estoy hablando del rock inglés y su evolución.
Ahora afirmo: los ingleses leyeron mejor al rock que los yanquis, ¿qué pasó? ¿Cómo es que lo leyeron mejor unos que otros?
Para que nos podamos ubicar mejor en mi tesis habría que imaginar que una vez nacido el tango en los suburbios porteños y es pasteurizado para y por la burguesía con músicos de piel clara favorecidos con su mecenazgo, de pronto los artistas españoles de España (de dónde sino) no solo importan el tango original sino que lo reescriben, reinventan y diversifican en subgéneros, lo hacen evolucionar hacia lugares muy alejados de las raíces tangueras pero con su esencia en algún lado siempre presente.
Entiendo que la operación de lectura que hacen los músicos ingleses del rock es diferente a la yanqui, en tanto que estos últimos pensaron todo el tiempo en cómo hacerse ricos tocando la guitarrita y no en arte -salvo las honrosas excepciones arriba mencionadas-, mientras que los ingleses pensaban en las posibilidades de expresión y rebeldía que les daba el R&R. Naturalmente que la idea de salvarse económicamente no estaba ausente. Sin embargo, es importante mencionar la tendencia socialista de muchas bandas de rock inglesas cuyo germen provenía de las clases obreras. El mayo francés del ´68 había sacudido el pensamiento europeo y no es extraño que Peter Gabriel escribiera sobre injusticias sociales en sus temas con Genesis y más tarde como solista. Roger Waters confesó en un reportaje que su arte estaba por encima de todo y que lo consideraba la herramienta para provocar una revolución social; hasta que un día encontró que en su cuenta bancaria había millones. Dijo entonces algo así como “si yo no hago algo con esta guita otro lo va a hacer por mí”. Allí estaba Money, su ironía contra el sistema deviniendo en una ironía mayor. El capitalismo tiene esas cosas; es como el increíble Hulk, cuanto más se lo ataca más invencible se vuelve. Pero atención que si se trata de lecturas bien podríamos preguntarnos quién leyó mejor al Capitalismo, si los ingleses con sus padres fundadores, Adam Smith & Cía., o los yanquis en el siglo XX. Ya saben la respuesta.
El compromiso social estuvo presente en los músicos de rock ingleses, en los yanquis (salvo las excepciones) no. Tener compromiso social en Disneylandia era lo mismo que ser comunista, y serlo constituía y constituye un pecado mortal. Ese idealismo utópico, subversivo -presente solo en la efímera generación Pop que no trascendió, salvo en Dylan- fue lo que le faltó al rock yanqui para ser ellos los que ponían las reglas y no las disqueras. Les faltó huevo y compromiso social y se nota en sus canciones. El vituperado marxismo, además de ser el legado de Lucifer en la Tierra, propone el compromiso social. En ese ámbito, el arte es un poco más autónomo, tiene un fin social. En términos estéticos, hay vanguardias, hay rupturas, cambios, corrientes, caldos de cultivo, despelote y muerte (infaltable).
Es cierto que el rock desde su nacimiento no ha hecho otra cosa que generar dinero y el sistema, que al principio lo miraba con desconfianza, se dio cuenta de que debía cuidarlo como una de sus mejores inversiones.
Es cierto también que el rock de hoy ya no es aquel sensual y sexual R&R de los negritos simpáticos, pero sí fue el eslabón artístico que permitió masificar la música, al punto que un impertinente como quien suscribe toque en una banda que hace covers.
Algún desprevenido se preguntará por qué no hablé del rock del siglo XXI; le recuerdo lo que dije al principio: el rock ha muerto a mediados de los ’70. Lo que se hizo después bajo ese nombre es el eco de su fantasma.
El rock ha muerto, vivan el rock inglés y Capusotto.
20/1/09
Vayamos a una tanda


Producto: Fotocopiadora, impresora, Fax, scanner y desempleadora Epson
19/10/08
Los siete mensajeros - Dino Buzzati (1942)

Comencé el viaje cuando tenía poco más de treinta años y han pasado ya más de ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpido camino.
Creía, en el momento de partir, que en pocas semanas habría alcanzado los confines del reino; por el contrario, seguí encontrando nuevas gentes y países y en todas partes hombres que hablaban mi mismo idioma y que decían ser mis súbitos. A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha enloquecido y que, creyendo avanzar siempre hacia el sur, en realidad damos vueltas sobre nuestros propios pasos sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué no estamos ahora junto a la extrema frontera.
Pero más frecuentemente me atormenta la duda de que este confín no existía, que el reino se extienda sin límite alguno y que, por más que yo avance, jamás podré arribar a la frontera. Empecé el viaje cuando tenía más de treinta años, demasiado tarde, quizás. Los amigos, los mismos familiares, se burlaban de mi proyecto, opinando que iba a despilfarrar los mejores años de mi vida. Pocos de mis leales, en realidad, aceptaron partir.
Si bien era algo descuidado -mucho más que ahora- me preocupé de poder comunicarme, durante el viaje, con mis seres queridos; entre los caballeros de la escolta elegí los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros. Creí, ignorante de mí, que tener siete mensajeros era una verdadera exageración.
Con el transcurso del tiempo advertí, por el contrario, que eran ridículamente pocos, a pesar de que ninguno de ellos fue asaltado por los bandidos ni malogró su cabalgadura. Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar.
Para distinguirlos con facilidad les puse nombres cuyas iniciales eran alfabéticamente progresivas: Alejandro, Benito, Carlos, Daniel, Eduardo, Federico, Gregorio.
Poco acostumbrado a estar lejos de mi casa, envié al primero, Alejandro, al caer la noche del segundo día de viaje, cuando habíamos recorrido ya unas ochenta leguas. A la noche siguiente, para asegurarme la continuidad de las comunicaciones, envié al segundo, después al tercero, después al cuarto, consecutivamente, hasta la octava tarde del viaje en que partió Gregorio. El primero todavía no había regresado.
Llegó la décima noche mientras acampábamos en un valle deshabitado. Supe por Alejandro que su rapidez había sido menor a la prevista; había pensado que, yendo separado y en un corcel inmejorable, podría recorrer en el mismo tiempo el doble de distancia que nosotros, pero no había recorrido el doble, sino sólo una vez y media; en una jornadas, mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas, él avanzaba sesenta, pero no más.
Lo mismo pasó con los otros. Benito, que partió la tercera noche del viaje, retornó recién a la décima quinta; Carlos, que partió a la cuarta noche, nos alcanzó en la vigésima. Muy pronto comprendí que bastaba multiplicar por cinco los días que llevábamos viajando para saber cuándo volvería el mensajero.
Al alejarnos constantemente de la capital, el itinerario de los mensajeros se hacía cada vez más largo. Después de cincuenta días de camino el intervalo entre un arribo u otro comenzó a espaciarse sensiblemente; mientras antes veía llegar al campamento un mensajero cada cinco días, el intervalo llegó a hacerse de veinticinco días; la voz de mi ciudad, de esa manera, se volvía cada vez más apagada: pasábamos semanas enteras sin tener ninguna noticia.
Una vez que transcurrieron seis meses -ya habíamos atravesado los montes Fasani- el intervalo entre uno y otro arribo de los mensajeros aumentó a cuatro meses. Ahora ellos me traían noticias lejanas; el sobre me llegaba ajado, muchas veces con manchas de humedad, debido a las noches que el portador se había visto obligado a pasar al sereno.
Avanzábamos aún. En vano buscaba persuadirme de que las nubes que se deslizaban rápidamente sobre mí eran iguales a las de mi niñez, que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que tenía sobre mí, que el aire era el mismo, igual el soplo del viento, idénticas las voces de los pájaros. Las nubes, el cielo, el aire, los vientos, los pájaros se me aparecían en verdad, como cosas nuevas y diversas; y yo me sentía extranjero.
¡Adelante! ¡Adelante! Vagabundos encontrados por la llanura me decían que los confines no estaban lejos. Yo incitaba a mis hombres a no descansar, borraba las palabras descorazonadoras que se formaban sobre sus labios.
Ya habían pasado cuatro años de mi partida. ¡Qué larga fatiga! La capital, mi casa, mi padre, se habían vuelto extrañamente remotos, casi no me parecían reales. Ahora pasaban fácilmente veinte meses entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. Me traían curiosas misivas amarillentas por el tiempo y en ella encontraba nombres olvidados, modos de decir insólitos para mí, sentimientos que no lograba comprender. A la mañana siguiente, después de una sola noche de reposo, mientras nosotros nos poníamos en camino, el mensajero partía en dirección opuesta, llevando a la ciudad las cartas que yo había preparado en ese mismo tiempo.
Pero ya han transcurrido ocho años y medio. Esta noche cenaba solo en mi tienda cuando entró Daniel, que aún lograba sonreír, aunque estaba muerto de cansancio. Hace casi siete años que no lo veía. Durante todo este período larguísimo no ha hecho más que correr, atravesando praderas, bosques y desiertos, cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura, para traerme el paquete de sobres que hasta ahora no he tenido deseos de abrir. Ya se fue a dormir y volverá a partir mañana mismo, al amanecer.
Partirá por última vez. Consultando el calendario calculé que, aunque todo salga bien, yo continuando mi camino como lo he hecho hasta ahora y él el suyo, no podré volver a ver a Daniel hasta dentro de treinta y cuatro años. Entonces tendré setenta y dos.
Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que me muera antes. No lo volveré a ver. Dentro de treinta y cuatro años (quizás antes, mucho antes) Daniel descubrirá, inesperadamente, los fuegos de mi campamento y se preguntará por qué nunca antes le resultó el trayecto tan corto.
Como esta noche, el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarillas, llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado; pero se detendrá en el umbral y me verá inmóvil tendido sobre el camastro, flanqueado por dos soldados con antorchas, muerto.
¡Anda, pues, Daniel, y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Tú eres la última ligazón con el mundo que en un tiempo fue también mío. Los mensajes recientes me han hecho saber que han cambiado muchas cosas, que mi padre ha muerto, que la corona pasó a mi hermano mayor, que me consideran perdido, que han construido altos palacios de piedra, allá, donde estaban las encinas a cuya sombra solíamos jugar. De cualquier manera, siempre seguirá siendo mi vieja patria. Tú eres la última atadura con ella, Daniel.
El quinto mensajero, Eduardo, que me alcanzará, si dios quiere, dentro de un año y ocho meses, no podrá volver a partir porque no tendrá tiempo de regresar. Después de ti, el silencio, ¡oh, dios mío!, a menos que encuentre los anhelados confines. Pero cuanto más avanzo, más me convenzo de que no existe frontera. No existe, sospecho, frontera alguna, por lo menos en el sentido que habitualmente le damos. No hay muralla de separación, ni ríos divisorios, ni montañas que cierran el paso. Probablemente atravesaré el límite sin ni siquiera advertirlo e, ignorante de mí, continuaré mi camino. Por eso he decidido que cuando Eduardo y los demás mensajeros, después de él, me alcancen nuevamente, en vez de volver a tomar el camino de la capital, se me adelante, para que yo pueda saber con anterioridad lo que me espera.
Desde hace un tiempo una ansiedad inusitada se apodera de mí por las noches y ya no se trata de la añoranza de las alegrías pasadas, como en los primeros tiempos del viaje; más bien es la impaciencia de conocer la tierra ignota a la que me dirijo.
Advierto -y no se lo he confiado hasta ahora a nadie- cómo de día en día, a medida que avanzo hacia la improbable meta, el cielo irradia una luz insólita como jamás había visto, ni siquiera en sueños. Ha quedado definitivamente atrás el último cielo azul.
Las plantas, los montes, los ríos que atravesamos, parecen hechos de una esencia diferente de lo ya conocido y el aire me acerca presagios que no sé transmitir.
Una nueva esperanza me llevará mañana por la mañana aun más adelante, en dirección a aquella montaña inexplorada que ahora ocultan las sombras de la noche. Una vez más levantaré el campamento, y Daniel desaparecerá en el horizonte en dirección opuesta, para llevar a la ciudad remota mi inútil mensaje.
13/9/08
El infinito como límite entre el conocimiento y el lenguaje en textos de Jorge Luis Borges
Este texto es mi trabajo final para el seminario sobre "Juegos filosóficos y enigmas científicos en la literatura de Borges", dictado por Marcelo Leonardo Levinas y Emanuele Leonardi en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, durante la primera mitad de 2008.
Es largo, no creo que el Conde Mascetti lo lea, pero hay gente para todo.
Aquí va.
Dentro de las preguntas que, en mayor o menor medida, alguna vez nos formulamos podríamos enumerar; de dónde venimos; la razón de nuestra existencia; qué hay después de la muerte; cómo entender el infinito en relación al espacio, la eternidad como arquetipo del tiempo, etc. Estos problemas, tan íntimos a la ciencia y al pensamiento filosófico como a todos los seres humanos (en mayor o menor medida), han sugerido variadas respuestas a lo largo de los siglos. Sin embargo, ninguna ha sido o es concluyente, todas son teorías.
En este trabajo, auxiliado por textos de Jorge Luis Borges, además de intentar analizar aspectos de uno de los citados problemas en particular -nos referimos al infinito- cuestionaremos también aquello que conduce inexorablemente a esa bella palabra que Borges sacó del diccionario -la conjetura-, y es el lenguaje.
¿Puede saber más Borges -un escritor- que cualquier científico, matemático o filósofo? La respuesta no se reduce a negar o afirmar, la respuesta es que Borges no sólo fue uno de los más importantes escritores del siglo XX, fue un excelente lector crítico, no sólo literario, sino también científico y filosófico. En el género por él inaugurado -el cuento ensayo-, plantea estos problemas, critica, propone o denuncia estas perplejidades de un modo que a la mayoría de los pensadores le es ajena. Estamos hablando de la literatura.
En el siglo XV, Nicolás de Cusa (1) decía: “No existe proporción perfecta entre la cosa conocida y nuestro conocimiento de ella ni, en general, entre lo medido y la medida. La ciencia humana (el conocimiento humano) es, por ello, conjetural."
Cuando tratamos de pensar el infinito imaginamos el universo, el espacio vacío y negro ocupado por galaxias, estrellas, mundos, etc., pero ¿dónde termina, dónde empieza?Supongamos entonces el universo como una esfera (forma geométrica perfecta), pero allí, ¿dónde está lo infinito?, vemos sus límites y por definición (hasta ahora aceptada) el infinito es aquello que no tiene principio ni fin. Pensemos ahora en una esfera que tenga su centro en cualquier parte y su circunferencia en ninguna y tendríamos quizás una aproximación. Por otro lado podríamos calmar nuestra ansiedad al decir que el infinito tiene un límite interior pero no exterior, que el infinito limita por dentro con sí mismo y por fuera con nada, pero esa nada ¿qué es, cómo imaginarla? Podemos decir, pero imaginarlo, al menos para nosotros ya es dificultoso. Tendríamos también un infinito inverso, que es la subdivisión de la materia incontables veces. Sin embargo la ciencia (dice que) ha demostrado que hay un punto en el cual el átomo ya no es pasible de continuar partiéndolo. Es oportuno y pertinente citar el problema de Aquiles y la tortuga, una de las paradojas de Zenón de Elea (discípulo de Parménides). Borges ha dedicado explícitamente dos ensayos a esta paradoja: Avatares de la tortuga (2) y La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga (3) e implícitamente la encontraremos dispersa por casi toda su obra, fundamentalmente cuando habla de uno de sus motivos dianoéticos favoritos: el laberinto (cfr. La muerte y la brújula, La biblioteca de Babel, El jardín de los senderos que se bifurcan, etc.) (4).
Volviendo a la paradoja de Zenón, quien decía que si sometiéramos a una carrera entre Aquiles "piesligeros" y una tortuga que estuviera a 10 metros de distancia, el semidiós más veloz sobre la tierra nunca le daría alcance. La razón que da el eleata es la siguiente: Para que Aquiles venza a la tortuga, primero deberá recorrer la mitad del recorrido que los separan y antes, la mitad de esa mitad y antes, la mitad de la mitad de esa mitad, así hasta el infinito. Si estamos de acuerdo con esto, ni Aquiles ni la tortuga se mueven. Antes de que le replicaran que sin embargo, Aquiles no solo llegará a equiparar a la tortuga sino que la rebasará llegando antes a la meta, Zenón les responderá que ello ocurre en el engañoso mundo sensible -que la doxa llama realidad-; es justamente una triquiñuela de los sentidos. El movimiento es una ilusión. El Ser es inmóvil, inmutable, eterno, continuo, no hay espacio para la nada, y como no hay espacio para ella, no existe, no es. Será más tarde el mundo de las ideas de Platón, el mundo de la perfección inmutable.
Esta paradoja, tan aparentemente ingenua y fácilmente rebatible ha resistido durante siglos los embates de sus refutadores de modo que, como dice Borges, ya puede considerarse inmortal. Borges cita en estos ensayos a Stuart Mills, Bergson, Hobbes, Leibniz, Renouvier, Cantor, Gomperz, Russel, quienes han formulado explicaciones -no siempre inexplicables y vanas-. En Avatares de la tortuga la paradoja se explicaría con la heroica teoría de conjuntos y números transfinitos de Georg Cantor (5). Contradiciendo y pervirtiendo uno de los principios fundamentales de Euclides (6), esta teoría dice que en un conjunto de números (elementos) infinitos la parte es igual al todo. Quiere decir que, por ejemplo, el conjunto de todos los números pares es igual al de los números naturales. Haciendo el ejercicio de relacionar ambos conjuntos al número par 2 le corresponde el número 1; al 4 el 2; al 6 el 3; al 8 el 4; al 10 el 5, y así hasta el infinito, porque de eso se trata, tenemos infinitos números; en el corruptor infinito tendremos la misma cantidad de números. Y así, la parte será igual al todo. Cualquier conjunto de elementos infinitos, no importa su medida (en 1 metro de espacio hay igual cantidad de puntos que en 1 km o 1 millón de km) será igual a otro.
La resistente paradoja podría explicarse así: tanto Aquiles como la tortuga se desplazan por conjuntos infinitos de puntos, los cuales dijimos eran iguales. Sin embargo difieren en su medida: los pasos que dan cada uno de los corredores son de diferente mesura.
Pero en 1902 Bertrand Russell (7) descubre la llamada “Paradoja de Russell”, que demuestra que la noción misma de conjunto, tal como la define Cantor es contradictoria. Veamos la explicación de la paradoja. Todo conjunto no vacío tiene elementos. Pensemos, por ejemplo, en un conjunto formado por tres caballos, sus elementos son esos tres caballos. Pero el conjunto en sí mismo no es caballo, por lo que el conjunto no es elemento de sí mismo. Otro ejemplo, el conjunto {1,2} tiene como elementos al número 1 y al número 2, pero ni el número 1 ni el 2 es {1,2}, luego {1,2} no es elemento de sí mismo. ¿Hay conjuntos que sean elementos de sí mismos? Sí los hay. Por ejemplo, el conjunto formado por todos los conjuntos es también un conjunto y, por lo tanto, es elemento de sí mismo. El conjunto de todas las ideas abstractas es también una idea abstracta, por lo tanto es también elemento de sí mismo. Ahora bien, dado que según Cantor, podemos reunir en un conjunto objetos cualesquiera de nuestra intuición o nuestro pensamiento, podemos entonces definir el conjunto R cuyos elementos son todos los conjuntos que no son elementos de sí mismos.
R = {A:A no es elemento de sí mismo}
¿Es R elemento de sí mismo?
Si R fuera elemento de sí mismo, entonces no cumpliría la condición que define a R y, por lo tanto, R sería elemento de R. Es decir, si R fuera elemento de sí mismo entonces no sería elemento de sí mismo. Esto es una contradicción. Deducimos del párrafo anterior que R no puede ser elemento de sí mismo. Pero si R no fuese elemento de sí mismo, entonces cumpliría con la condición que define a R y en consecuencia sería elemento de R. Entonces, si R fuese elemento de sí mismo deduciríamos que no lo es. Otra contradicción.
Las matemáticas son inevitables en este problema pues el infinito le es pertinente, o viceversa y también es corrompida por éste. La vituperada paradoja de Zenón ocasionó una fuerte revisión y reformulación del conocimiento antiguo. Los griegos decían que la naturaleza se explicaba perfectamente por medio de las matemáticas, pero las paradojas eleáticas hicieron que Aristóteles separara las matemáticas de la física.
Pero las matemáticas son también un lenguaje.
Volvemos entonces a lo que decía al principio Nicolás de Cusa: todo conocimiento de la realidad es conjetural. Y el conocimiento sólo lo podemos hacer ejercer por medio del lenguaje, el cual es conjetural, especulativo, arbitrario, parcial y por lo tanto falaz. Hablamos con metáforas, todo es como si.
El lenguaje está formado por unidades discretas -tienen principio y fin-, la palabra perro comienza con p y termina con o. El lenguaje recorta la realidad y al recortar deja de lado otros aspectos, los oculta. Pero no tenemos alternativa, no podríamos organizar nuestro pensamiento si percibiéramos en un mismo acto la enorme -¿infinita?- multiplicidad de sentido que un objeto emana (volvemos a de Cusa).
Podríamos inferir de esto que la realidad no solo es infinita, sino que es un continuo. Todo está relacionado con todo, como el conjunto de los números pares con los naturales de Cantor. Todo está hecho de la misma materia, la mayor o menor concentración de los diversos elementos químicos determina el perro, el mar, la selva, un botón, una ciudad, una bacteria, el hombre, el universo. No hay separación entre ninguno de los elementos, ni siquiera del vacío que sería un elemento oculto. Todo es un continuo del que lamentablemente no sabemos de donde viene ni a dónde va, es dramáticamente infinito. Y el lenguaje no puede explicarlo porque ha dejado hasta ahora fuera todos los demás datos necesarios para arribar a la solución del problema. Al pecar de esta abstracción el lenguaje corrompe, distorsiona, nos aleja de la verdad. Veamos qué contradictorio es concebir la palabra infinito, que tiene principio y fin, que tiene una inútil definición (es en vano definir cualquier cosa), lo que no tiene principio ni fin.
Borges era un fervoroso admirador de Chesterton, escritor cuyo procedimiento favorito era la paradoja también llamada regressus in infinitum. Es a través de las paradojas que el lenguaje se denuncia involuntariamente imperfecto para conocer conceptos tan particulares como el de la infinitud. Sin dudas elige la paradoja de Aquiles porque es la más literaria de todas las enunciadas por Zenón. Tenemos no sólo a un héroe de la literatura griega, también una persecución, un "crimen" que no puede ser resuelto aunque tengamos todas las pruebas y sepamos o creamos saber quién es el culpable. Ilustrar el problema con un lento y longevo animalejo que nunca será alcanzado por un semidiós inmortal que puede morir (otra paradoja) si le hieren el talón es un acto de creación literaria por parte del antiguo filósofo.
Ejemplos en la literatura del regreso al infinito o paradoja:
Russell: El caso del pueblo donde todos los hombres sólo deben ser afeitados por el barbero. La paradoja ocurre cuando el barbero no tenga quien lo afeite pues nadie puede afeitarse a sí mismo.
Cervantes: El puente y la horca. Todo aquel que llegare a un puente y no sepa la respuesta correcta será ahorcado. Al llegar un sujeto que responde que viene a que lo ahorquen tenemos un regressus in infinitum.
Las mil y una noches: Una de las noches Sherezade narrará al sultán la historia de ella y el sultán.
Borges: El aprendiz de adivino que al ser interrogado sobre el resultado futuro de su examen responde que lo reprobará. Encontraremos otros ejemplos en: La biblioteca de Babel, La muerte y la brújula, Las ruinas circulares, etc.
Para concluir este trabajo enunciaremos instancias literarias que hacen de Avatares de la tortuga algo más que un ensayo científico, una ficción científica (no una ciencia ficción): el ensayo-cuento. Pareciera que la volátil y escurridiza literaturidad, aquella mítica especificidad literaria diera testimonio en la obra borgeana restituyendo el sentido faltante para dar un paso más hacia la verdad.El comienzo, la grandiosa ruptura de la hoja en blanco:“Hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de los otros. No hablo del Mal cuyo limitado imperio es la ética; hablo del infinito”. El mal es un concepto humano y como tal, limitado pues el hombre no es inmortal. Quien lo juzga es la ética. Al decir concepto se está refiriendo a algo que tiene una definición, y como dijimos anteriormente, ¿cómo definir con una unidad discreta, como lo es una palabra, algo que es continuo, infinito? El infinito es aquello que no tiene principio ni fin; sin embargo, Aquiles alcanza a al tortuga. Borges propone que admitamos la filosofía idealista para comprender estas paradojas. Un universo imaginado, soñado, mental. Pero no se queda allí; como debía ser, hacia el final, la primera vuelta de tuerca citando a Novalis:"El más grande hechicero sería el que se embrujara él mismo al punto de tomar sus propias fantasmagorías por apariciones autónomas. "Luego pregunta: "¿No sería este nuestro caso? y continúa, Yo conjeturo que así es. Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso. "Otra paradoja: la indivisa divinidad que opera en nosotros; si es indivisa ¿cómo es que está presente en cada uno de nosotros?, ¿somos dioses? ¿De qué modo opera dios en nosotros, alucinando el mundo como en la Matrix (8)? Y el bellísimo final, "... hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso.", es creerse sujeto que conoce y ordena la realidad de acuerdo con su lenguaje, que sin embargo deja semiocultas salidas de emergencia, letéicas migajas de pan en el camino para poder salir del sueño y volver, eventualmente a soñarlo, acaso diferente, acaso más perturbador. En Los tigres azules, las piedras imposibles son halladas en una grieta en las rocas de una montaña.
La finalidad de las paradojas, parece querer señalarnos Borges, es recordarnos -acaso de un modo sospechosamente lúdico- que la realidad tal como la entendemos o nominamos es una mera conjetura. Todos los saberes son conjeturales, muy probablemente falsos.
Borges bien pudo haber sido un científico (lo expresa firmemente en Avatares), pero suponemos que descubrió que en la inestable literatura las posibilidades del lenguaje eran mucho mayores y gratificantes que para el conocimiento científico, y que al fin y al cabo todo se reduce a palabras, al pensamiento organizado que no tolera desconocer la legalidad secreta que rige el universo.
Sin embargo, el infinito es.
Bibliografía
De Cusa, Nicolás: http://es.wikipedia.org/wiki/Nicol%C3%A1s_de_Cusa
Borges, Jorge Luis: Obras Completas, Discusión, pg. 254-258, Emecé, 2002.
Borges, Jorge Luis: Obras Completas, Discusión, pg. 244-248, Emecé, 2002.
Borges, Jorge Luis: Obras Completas, Ficciones, Emecé, 2002.
Cantor, Georg: http://es.wikipedia.org/wiki/Cantor
Euclides; http://es.wikipedia.org/wiki/Euclides
Russell, Bertrand: http://es.wikipedia.org/wiki/Bertrand_Russell
Matrix; http://es.wikipedia.org/wiki/Matrix
23/8/08
Cover, ¿reescritura o copia?

En la época del rock todo era original, sólo los grandes popes estaban autorizados a realizar un cover de otro artista. Si lo hacía un desconocido no era tomado en serio y rara vez tenía éxito.
Pero, ¿qué es un cover?
Intentar reproducir, copiar el tema lo más parecido al original, lo cual, en el rock, pop y demás géneros populares no tiene relevancia artística.
Reproducir Let it be tal como la grabaron los Beatles o Stairway to heaven de Led Zeppelin no tiene sentido, eso es copia, una duplicación innecesaria, para eso escuchar el original y listo.
En la música clásica es distinto, no existe una grabación original o una ejecución primera del autor que haya quedado sonando en el aire por siglos para tomar como referencia auditiva. Solo tenemos una partitura, un texto sin sonido que debe ser leído en voz alta por medio de instrumentos musicales. El cómo leerla es una interpretación del director y habrá tantas como intérpretes (directores) haya.
El jazz es una reinterpretación (reescritura) constante de los standards (temás clásicos del jazz y el blues), pero el jazz es subversivo, maleducado, dice que va a ejecutar Round about midnight de Monk y durante el tema apenas algunas frases del original son reproducidas o insinuadas, es una excusa para hacer lo que se le da la gana. En la música clásica esto también ocurría, aunque más solemne, a través de las denominadas variaciones.
El cover en el rock, pop, latino (¿?), tango, folclore, etc., para tener valor crítico (no digo que sea bueno ni malo) debe proponer una reescritura. Esto es desarmar el tema original, desmantelarlo, descoserlo, destrozarlo, hervirlo, congelarlo, endulzarlo, salpimentarlo, tirarle benzina, prenderlo fuego y recoger las cenizas para luego producir algo nuevo. Eso es una nueva versión.
Dicho esto me pregunto por qué hoy casi todas las bandas y solistas tienen en sus repertorios no uno sino varios covers, copias o reescrituras.
También es cierto que muchos artistas y/o temas llegan a la fama por medio de un cover.
Tres ejemplos curiosos:
Black magic woman, originalmente de Fleetwood Mac, alcanzó el éxito de la mano de Santana, quien hizo una soberbia reescritura.
Mi enfermedad, de Calamaro, fue popularizada por la copia que realizó Fabiana Cantilo.
Downtown train, del genial Tom Waits hubiera quedado dando vueltas en su pequeño y maravilloso mundo sino fuera por la reescritura pop de Rod Stewart.
Luego de 20 años de haber dejado de tocar en bandas estoy tocando en una formada por veteranos como yo. ¿Qué tocamos? Rock de los ’70, precisamenter covers y copias (lamentablemente no puedo convencer al resto de la banda de hacer puré el tema original). Como soy un burgués apóstata puedo contradecirme en cualquier punto de mi discurso y no dar derecho a réplica. Sucede que 20 años atrás ni se nos cruzaba hacer un cover y la verdad es que siempre tuve ganas. Así es que ahora me doy el gusto. Pero créanme que pasada la emoción usurpadora tengo ganas de volver a interpretar temas propios, sean lo que sean.
Pero lo que me llama la atención cuando vamos a la sala de ensayo a aturdirnos durante dos horas los viernes son los que están tocando antes y después de nosotros, todos púberes.
¿Qué tocan? Covers.
¿Copias o reescrituras? Copias.
¿Qué música? Rock de los ’70.
Será que los músicos se quedaron sin ideas.
Será que los músicos no son músicos, sino técnicos que dejan a las máquinas hacer todo por ellos, como en 1984 de G. Orwell.
Será que como hay poco que felicitar en el presente los músicos le rinden tributo al pasado para poder comer el mes que viene.
Será que lo que se compone hoy en día no conmueve y hay que vender, vender, vender.
Será tal vez, un combinación de todos los anteriores.
Pero antes de cerrar el artículo llegó de ultratumba a escupirme el asado Mijail Bajtín (1895-1975), crítico literario, teórico y lingüista soviético, quien decía que en el lenguaje todo es copia, nada es original, hablamos con las palabras de otros (lo cual es cierto, el lenguaje nos es dado, no nacemos con el leguaje). Siguiendo estos conceptos, la música, en tanto lenguaje, también sufre la misma condena dialéctica, por lo cual todo lo que dije anteriormente sobre el cover no tiene sentido, pues un tema original tampoco lo es, ni siquiera Let it be, ni siquiera Stairway to heaven, ni siquiera el Himno Argentino, salud. Todo es copia de otra copia anterior, y así hasta el infinito.
Mientras tanto, en el mundo de la música, un nuevo cover se repite.
Copia o reescritura, todos creen que es original.
10/8/08
Exacerbación de la ley literaria

Se mostró siempre como un gran teórico e innovador de la composición musical. Su marcado perfeccionismo lo manifestaría al escribir, a la edad de 22 años, la siguiente frase: "Me gusta que un aria quede tan a la medida de un cantante como un traje bien hecho". Según el testimonio de sus contemporáneos era, tanto al piano como al violín y la viola, un virtuoso.
Posteriormente artistas de distintas épocas y géneros del arte han sido influenciados por su música. Incluso el premio Nobel 1984, el poeta checo Jaroslav Seifert, llegaría a afirmar que ésta inspiró a la composición de sus versos.
Estudios realizados durante la década pasada atribuyen a su música, en especial a la sonata K.448, diversas cualidades como la de incrementar algunas capacidades del cerebro, así como disminuir la actividad epileptógena. Esto ha sido calificado como el "efecto Mozart", el cual se sostiene tendría una duración de 15 minutos.
A pesar de que murió muy joven (apenas a los 35 años), nos ha legado una obra muy importante y que abarca todos los géneros musicales de su época.
1/7/08
A quien espera a Tom Waits
Un día remoto alguien se olvidó un casette sin identificación en mi auto. Lo puse y al escuchar los primeros segundos me dije, Qué mierda es esto, qué le pasa al tipo que canta. No tenía idea de quién o qué era. Sin embargo, lo dejé seguir sonando, no sé por qué. Tal vez quería adivinar. Luego de pasarlo varias veces supe que era el tipo de música que estaba esperando escuchar. Más tarde me enteré de que se trataba de Tom Waits.
Generalmente a Waits o se lo venera o se lo odia, aunque existen aquellos que prefieren sus obras tempranas frente a las más recientes que consideran inentendibles o de un mal gusto insoportable como The Black Rider. Sin embargo, los demás cantan sus temas y los hacen éxitos o salvan sus carreras en declive: Rod Stewart con Downtown train, The Ramones con I don´t wanna grow up, Bruce Sringsteen con Jersey girl, The Eagles con Ol' 55 (de su primer disco), y no sé cuántos más.
Es que el tipo tiene una voz claroscura, de una negatividad intermitente, no afina pero sí y si no afina queda bien lo mismo, no tiene timbre ni registro vocal, la ausencia de musicalidad le confieren esa calidad.
Que si la voz le quedó así por el alcohol, el tabaco, los excesos (¡¿?!) o por adquirir el hábito de gritar contra un almohadón las noches de luna llena, la verdad importa poco.
Waits tiene la voz fantasma y compone música que viene del más allá, del Cielo, del Purgatorio y del más espantoso Infierno, también de la Nada, como todos los creadores.
Es un excelente escritor/poeta, los detalles mínimos colman la obra. Frases sueltas geniales, iluminadoras como en Blue Valentine cuando dice, tatooed broken promise, algo así como promesa rota tatuada (pero en inglés el sentido es más amplio y suena mejor), o en Waltzing Matilda, para referirse a un país subdesarrollado dice que no one speaks english and everything's broken (nadie habla inglés y todo está roto -que es lo que percibe el yanqui promedio cuando sale de su país-), o que fue el piano el que estuvo bebiendo y no él y que a la alfombra no le vendría nada mal un corte de pelo en The piano has been drinking, en Little rain, un hombre al que le faltan dedos toca una guitarra extraña (where a man with missing fingers plays a strange guitar).
Para un tipo al que le gusta cantar a través de un megáfono, éstos son algunos de sus sonidos preferidos (según esta entrevista):
Evangelistas en la esquina, su esposa cantando, caballos o trenes viniendo, chicos a la salida del colegio, cuervos hambrientos, la orquesta afinando, pianos de saloon en los westerns viejos, montañas rusas, el hielo derritiéndose, máquinas de imprenta, el relato de un partido en una radio a transistores, lecciones de piano venidas desde la ventana de un departamento, bailarines de tap, la hinchada de fútbol argentina, una cocina de restorán trabajando, una estampida de elefantes, tocino friéndose, lecciones de clarinete, una victrola, una campana de box, chinos quejándose, pinballs, orquestas de niños, un encendedor Zippo, caliopes, tambores de metal, trompeta asordinada, sierra musical, palomas, gaviotas, búhos, ruiseñores, alondras...
El mundo hace música todo el tiempo, dice (the world’s making music all the time).
Decirle músico a este tipo es poco, tal vez hacedor de arte le quede mejor; como actor de cine fue el alienado Rennfield en el Drácula de Coppola, participó de Bajo el peso de la ley (Jarmush -1986) y Vidas cruzadas ( Robert Alman -1993).
De sus monólogos musicalizados les traduzco Frank's wild years (for Frankie Z.), uno de sus magníficos relatos breves.
Frank se estableció en el Valle y colgó sus años salvajes de un clavo en la frente de su esposa. Vendió muebles de oficina usados en las afueras de la ruta a San Fernando, contrajo un préstamo de $30,000 a 15 años al 1/4% y con eso pagó el adelanto para un pequeño dos ambientes.
Su esposa era un pedazo gastado de basura aeroespacial, hacía buenos Bloody Marys, mantenía la boca cerrada la mayoría del tiempo y tenía un chihuahua minúsculo llamado Carlos que sufría algún tipo de enfermedad de piel. Era totalmente ciego.
Tenían una de esas modernísimas cocinas con horno autolimpiante (completito).
Frank manejaba un sedan pequeño, eran tan felices...
Una noche, en el camino del trabajo a casa, Frank paró en una licorería y se llevó un par de Mickey's Big Mouths que tomó mientras se dirigía a una estación Shell, cargó un galón de gasolina en una lata, entró a su casa, roció todo, le prendió fuego, se estacionó enfrente, riendo, mirando como ardía, naranja de Halloween y rojo chimenea.
Frank sintonizó una estación de top cuarenta, tomó la autopista Hollywood hacia el norte.
Nunca pudo soportar aquel perro.
Volviendo y cerrando este post con la música, para aquellos que les gusta el blues y el jazz pueden escuchar sus discos hasta el perfecto Blue Valentine (1978), culminación que deja su eco en los siguientes Heartattack and Vine y One from the heart (excelente banda de sonido de la película homónima de Coppola). Estos son sus años calmos.
La brillante locura de la experimentación nace con Swordfishtrombones (1983) y su genialidad de ahí en más, su búsqueda y hallazgo de sonidos inimaginables, poesía ácida, áspera, incómoda, de insólita ternura, justificarán, al menos para mí, poder decir de él que es uno de los músicos más importantes del siglo XX.
21/6/08
Deus ex machina

6/6/08
Curiosidades del rapsoda
1/5/08
El fiord

Ya que tildé a Melandri de Lamborghiano, quien se banque la lectura de El fiord tiene un chocolate Jack de premio (si te quedan ganas de comer).
Esta crítica y reproducción del cuento los saqué de aquí.
Osvaldo Lamborghini
Osvaldo Lamborghini nació en Buenos Aires en 1940. Poco antes de cumplir los treinta años, en 1969, apareció su primer libro, El fiord que había sido escrito unos años antes. Era un delgado librito que se vendió mucho tiempo, mediante el trámite de solicitárselo discretamente al vendedor, en una sola librería de Buenos Aires. Aunque no fue nunca reeditado, recorrió un largo camino y cumplió el cometido de los grandes libros: fundar un mito.
En 1973 apareció su segundo libro, Sebregondi retrocede.
Poco después formó parte de la dirección de una revista de avant-garde, Literal, donde publicó algunos textos críticos y poemas. Por algún motivo, sus poemas causaron una impresión todavía más enfática de genio que su prosa.
Durante el resto de la década sus publicaciones fueron casuales, o directamente extravagantes (sus dos grandes poemas, os Tadeys y Die Verneinung [La negación], aparecieron en revistas norteamericanas). Unos pocos relatos, algún poema, y escasos manuscritos circulando entre sus numerosos admiradores. Pasó por entonces varios años fuera de Buenos Aires, en Mar del Plata o en Pringles. En 1980 salió su tercero y último libro, Poemas. Poco después se marchaba a Barcelona, de donde regresó, enfermo, en 1982. Convaleciente en Mar del Plata, escribió una novela, Las hijas de Hegel, por cuya publicación no se preocupó (no se preocupó siquiera por mecanografiarla). Y volvió a irse a Barcelona, donde murió en 1985, a los cuarenta y cinco años de edad.
Esos últimos tres años, que pasó en una reclusión casi absoluta, fueron increíblemente fecundos. Su espolio reveló una obra amplia y sorprendente, que culmina en el ciclo Tadeys (tres novelas, la última interrumpida, y un voluminoso dossier de notas y relatos adventicios) y los siete tomos del Teatro proletario de cámara, una experiencia poética-narrativa-gráfica en la que trabajaba al morir.
El fiord
¿Y por qué, si a fin de cuentas la criatura resultó tan miserable -en lo que hace al tamaño, entendámonos- ella profería semejantes alaridos, arrancándose los pelos a manotazos y abalanzando ferozmente las nalgas contra el atigrado colchón? Arremetía, descansaba; abría las piernas y la raya vaginal se le dilataba en círculo permitiendo ver la afloración de un huevo bastante puntiagudo, que era la cabeza del chico. Después de cada pujo parecía que la cabeza iba a salir: amenazaba, pero no salía; volvíase en rápido retroceso de fusil, lo cual para la parturienta significaba la renovación centuplicada de todo su dolor. Entonces, El Loco Rodríguez, desnudo, con el látigo que daba pavor arrollado a la cintura -El Loco Rodríguez, padre del engendro remolón, aclaremos-, plantaba sus codos en el vientre de la mujer y hacía fuerza y más fuerza. Sin embargo, Carla Greta Terón no paría. Y era evidente que cada vez que el engendro practicaba su ágil retroceso, laceraba -en fin- la dulce entraña maternal, la dulce tripa que lo contenía, que no lo podía vomitar.
Se producía una nueva laceración en su baúl ventral e instantáneamente Carla Greta Terón dejaba escapar un grito horrible que hacía rechinar los flejes de la cama. El Loco Rodríguez aprovechaba la oportunidad para machacarle la boca con un puño de hierro. Así, reventábale los labios, quebrábale los dientes; éstos, perlados de sangre, yacían en gran número alrededor de la cabecera del lecho. Preso de la ira, al Loco se le combaban los bíceps, y sus ya de por sí enormes testículos agigantábanse aun más. Las venas del cuello, también, se le hinchaban y retorcían: parecían raíces de añosos árboles; un sudor espeso le bañaba las espaldas; las uñas de los pies le sangraban de tanto querer hincarse en las baldosas del piso. Todo su cuerpo magnífico brillaba, empapado. Un brillo de fraude y neón.
Hizo restallar el látigo, El Loco en varias ocasiones; empero, los gritos de Carla Greta Terón no cesaban; peor aún: tornábanse desafiantes, cobraban un no sé qué provocador. La pastosa sangre continuábale manándole de la boca y de la raya vaginal; defecaba, además, sin cesar todo el tiempo. Tratábase -confesémoslo- de una caca demasiado aguachenta, que llegaba, incluso, a amarronarle los cabellos. El Loco, en virtud de ser él quien la había preñado, cumplía la labor humanitaria de desagotar la catrera: manejaba la pala como hábil fogonero y a la mierda la tiraba al fuego.
Vino otro pujo. El Loco le bordó el cuerpo a trallazos (y dale dale dale). Le pegó también latigazos en los ojos como se estila con los caballos malleros. El huevo bastante puntiagudo, entonces, afloró un poco más, estuvo a punto de pasar a la emergencia definitiva y total. Pero no. Retrocedió, ágil, lacerante, antihigiénico. Desesperadamente El Loco se le subió encima a la Carla Greta Terón. Vimos cómo él se sobaba el pito sin disimulo, asumiendo su acto ante los otros. El pito se fue irguiendo con lentitud; su parte inferior se puso tensa, dura, maciza, hasta cobrar la exacta forma del asta de un buey. Y arrasando entró en la sangrante vagina. Carla Greta Terón relinchó una vez más: quizás pretendía desgarrarnos. Empero, ya no tenía escapatoria, ni la más mínima posibilidad de escapatoria: El Loco ya la cojía a su manera, corcoveando encima de ella, clavándole las espuelas y sin perderse la ocasión de estrellarle el cráneo contra el acerado respaldar.
"Pronto, ya, ¡quiero!", musitó Alcira Fafó, a mi lado. Yo me cubrí con las sábanas hasta la cabeza y me fui retirando, reptando, hacia los pies de nuestro camastro. Una vez allí aspiré hondamente el olor de nuestros cuerpos, que nunca lavamos. "Las fuerzas de la naturaleza se han desencadenado", dije, y me zambulií de cabeza en la concheta cascajienta de Alcira Fafó. Sebastián -digámoslo-, mi aliado y compañero, el entrañable Sebas, apareció en escena: "¡Viva el Plan de Lucha!", cacareó, desde su rincón. Yo iba a contestarle, estimulándolo, mas no pude: El Loco Rodríguez, que ya había concluido su faena con la Carla Greta Terón, comenzó a hacerme objeto -y no ojete, como dice Sebasó de una aguda penetración anal, de un rotundo vejamen sexual. Con todo, peor suerte tuvo mi pobre amigo, cuyos ojos agónicos brillaban, intermitentes, en el solitario rincón que le habíamos asignado, rincón donde yacía -todo el tiempo- entre trapos viejos y combativos periódicos que en su oportunidad abogaron por el Terror. (Como nunca le dábamos de comer parecía, el entrañable Sebas, un enfermo de anemia perniciosa, una geografía del hambre, un judío de campo de concentración-si es que alguna vez existieron los campos de concentración-, un miserable y ventrudo infante tucumano, famélico pero barrigón).
Y así, cuando advirtió que la fiestonga se iniciaba, la fiestonga de garchar, se entiende, empezó a arrastrarse con la jeta contraída hacia el camastro donde Alcira y yo nos refocilábamos, con el agregado, a mis espaldas, del abusivo Loco, nuestro Patrón: nunca le dábamos de cojer al entrañable Sebas, casto a la fuerza, recontracalentón, que ahora débilmente se arrastraba hacia el camastro, barriendo con la cara casi las baldosas, deteniéndose numerosas veces para recuperar el aliento vital, y murmurando a cada paso "CGT, CGT, CGT...", como para despistar, o, en una de esas, a modo de oración. Él se apoyaba en sus brazos -menos gruesos que palos de escoba- y con los pies se impulsaba hacia adelante, no sin cierto fervor. O mejor dicho todo fervor. Para siempre lo tengo retratado en mi memoria al extraordinario Sebastián. Juntos militamos en la Guardia Restauradora, años, años atrás.
Y yo lo miraba acercarse a pesar de que los rempujones del Loco no me dejaban mucho tiempo ni muchas ganas para la ecuánime, objetiva observación ¡Dogmático Sebastián! Su mirada era poesía, la revolución. Cada uno de sus movimientos trasuntaba un agradecimiento infinito hacia nosotros, que le íbamos a permitir -él creía- sacudirse la soledad de su carne y de su espíritu así como un perro se sacude el agua de la mar. Y si se lo permitíamos -en esa dirección su privilegiado cerebro empezó a funcionar-¡qué importaba que nunca le diéramos de comer ni de cojer! ¡Qué importaba que su estómago siempre vacío segregara esa baba verde cuya fetidez tornaba irrespirable el aire de nuestro agusanado cuarto! ¡Qué importaba que viviera entre vómitos de sangre, molestando incluso nuestro sueño porque cada una de sus arcadas era una especie de alarido sin fe! ¡Qué importaba qué!
Adelante camarada Sebastián, entrañable amigo, perro inmundo. Casi llegó a tocarnos con sus transparentes manos. Yo estaba preso en la cárcel formada por los brazos del Loco y con la cabeza sumergida en el bajo vientre de mi cajetoidea Alcira. Mi gran amor se desbordaba. Sentí en el centro en el cero de mi ser las vibraciones eyaculatorias del pijón del Loco, mientras el clítoris de Alcira Fafó, enhiesto y rugoso, me hacía sonar la campanilla, a rebato; pero vi, vi sin embargo de reojo cómo el temible, purulento Sebastián, intentaba acariciar las bien plantadas nalgas que sobre las mías galopaban, el culo de nuestro abusivo Dueño y Señor. Entonces, malévolo y dulce a la vez, con el talón le pegué al Loco desesperadas pataditas avisativas en sus fuertes pantorrillas, pataditas objetivamente alcahueteantes, caro Sebastián. Tal como yo lo esperaba (¿y era acaso para menos?) el Patrón reaccionó de inmediato. Después de echarme su guascón en mis adánicos adentros, se irguió y le aplicó un fabuloso patadón en la garganta a mi pobre amigo: de boca abajo que estaba lo puso boca arriba. Todo un espectáculo, el musculoso pie, magníficamente posado en el suelo después del golpe, recortándose nítido contra el cuello del derrotado: yo lo vi con mis propios ojos, y qué lejos aquellos tiempos, Sebastián, cuando un suboficial dado de baja por la libertadora pacientemente nos enseñaba el marxismo.
Y un hilito de baba se le escapó al entrañable Sebas por la comisura -izquierda- de los labios. Sus intermitentes ojos rodaron varias veces en una y otra dirección. Intentó limpiarse la boca con la mano, pero su extrema debilidad hizo que el gesto abortara: a la mitad de camino la mano no resistió más y sobre la panza enorme se le derrumbó. Los cuervos planearon sobre su figura, y yo, adolorido por la reciente penetración, lié con el elástico de las bombachas de Alcira Fafó una bolsa de hielo al área de mi desfloración.
Y también intercedí en un arranque de pietismo para que El Loco espantara a los pajarracos rapiñosos, aunque uno de ellos igual tuvo tiempo para arrancarle el dedo índice derecho al pobre Sebas, de un picotazo y tirón. Y eso era el dolor, todo el dolor, y no todo el dolor. Tenaces gotas de sangre brotaron de la frente de Sebastián. Yo me largué a llorar con desesperación. Como en la infancia: arrodillado en un rincón de la pieza, escondiendo la cara bajo el sobaco y aspirando el chivo olor. Las cucarachas me subían por la parte posterior de los muslos y, salvando el breve obstáculo de la bolsa de hielo, sometían mis lomos a una exhaustiva exploración. Entretanto, El Loco Rodríguez -Hijo de Puta Amo y Señor- espantaba, en efecto, a los cuervos, mas tratándolos como si fueran viejos amigos que se han puesto un poco pesados con el alcohol y los recuerdos del tiempo que se fue (y que fue mejor) cuando no era necesaria la insurrección. Y razón -como a nadie- en parte al Loco no le faltó: la atmósfera repentinamente se sobrecargó: "¡A usted lo conocí en una reunión del COR!".
Valiéndose de una enorme regla T, El Loco abrió el grisáceo ventanal del techo para que los cuervos evacuaran la deformada y deformante habitación. De uno en uno salieron, chorreando lágrimas, invocando los sagrados nombres de los caídos en la lucha, en el fragor. Y hasta con un dedo menos firmó en manifiesto el monolítico Sebas. Y El Loco del Látigo, preñador de Carla Greta Terón, desnudo como estaba salvo el orión, medio tórax afuera sacó para despedir a los oscuramente pájaros, sin rencor. En su envión: "Adiós".
Tuvo un ataque de histeria en medio de un pujo la Carla Greta Terón. Todos a una miramos hacia su lecho de parto porque ella yacente empezó a gritar: "Que se viene. Que ya está. Que se que se. Que ya estuvo. ¡Hip, Ra! ¡Hip, Ra! ¡Hip, Ra!". Explicaba en su media lengua que era inminente -y no inmierdente, como dice Sebas-, que ya paría. Y a pesar de nuestras escépticas conjeturas su cuerpo de golondrina empezó a hincharse. Mientras dilataba ella se estrujaba con las manos, de las sienes hacia abajo, para que la criatura bajara. "¡No vaya a ser que se me atranque entre los parietales!", jodió, y El Loco, ni lerdo. Ni perezoso. Le ató a las piernas una bolsa de arpillera con la boca bien abierta para que el chico de mierda cayera en su interior. Había puesto un poco de aserrín en el fondo, además, por si la cabeza se separaba del tronco. Alcira le midió la dilatación de la concha con un centímetro de modista, y luego se repajeó con una enorme vela, ella. Yo, yo me le fui al humo en seguida, al humo regodeante de Alcira, y eyaculé frotando con unción la cabeza del porongo contra la parte áspera-rajada de su talón. Y todos nos perecíamos por minetear o garchar o franelear o rompernos los culos los unos a los otros: con los porongos. Hasta el exangüe Sebastián intentó un esbozo de sonrisa lúbrica, que era una verdadera elegía a los terremotos carnales, al ejercicio o no de la procreación. Entonces apareció. Tras hacer trizas la carne rosada de la cajeta de su madre Carla Greta Terón. La cabeza raquítica. Con una boquita no mayor que el punto de un lápiz. Pero con los ojos inmensos. Inmensos de espléndidos, de tristes, de grandes: Atilio Tancredo Vacán, su cabeza emergió.
"¡Loado sea!", regurgitó El Loco cayendo de rodillas sobre un montón de turro maíz. Alcira, con los brazos abiertos, recibió un baño de luz ventanal en su cuerpo desnudo, y su vagina sonrió. Sebastián besaba mis pies enfundados en unas sucias medias negras, largas hasta las ingles, -sucias medias negras de sucio seminarista- que, junto con el escapulario, constituían toda mi vestimenta. Y previendo lo que iba a ocurrir me erguí, sin restarle un solo centímetro a mi estatura. Era un deber hacerlo, aunque la humildad taimada que me caracteriza procurara estrangularme con mis propias manos. La baba pegajosa que fluía de mi boca me mojaba el cuerpo. Rasgué, sin embargo, todos los tapices a mi alcance. A traición, claro que a traición. Mutilé las bordadas escenas del bien y del mal, deformé su sentido, mordí algunas con mis dientes mellados. A traición. Salía un juguito dulzón, asqueroso y de rechupete y con sabor dulzón. A traición. Y todos estábamos modificados por la presencia del inmodificante Atilio Tancredo Vacán. Salté en todas las direcciones: ¡una nueva relación! Y ¡en! relación. Hombre con hombre hombre con hombres hombres hombres. Atravesé incluso aros de madera llameantes, y porque El Loco quiso fornicarme al vuelo, se me resbaló -y no relajó, como dice el intraducible Sebas- la bolsa de hielo: y no, a mí no me importó: ¡no eran momentos de andar cuidando el carajo del estilo! Me puse un frac de sirviente y un collar de perro: me los saqué rapidito, ¿no es cierto? ¡Guasca en el ojo! Con los restos de los tapices por mí rasgados me llegué hasta Carla Greta Terón, que ya tenía medio monstruo afuera, y se los di. Di. Y le dije: "¡Tomá, va, Larrecontraputamadrequeterrecontraparió Hijaderremilputas!" ¡Ya! ¡Y no! Me florié luego (y no) en unos pasos canyengues, pero no pude coronar mi baile: entre prematuros estertores, Atilio Taneredo Vaeán, ya definitivamente nacido parido escupido, cayó atroden de la sabol con los brazos y las piernas aplastados contra el cuerpo, al estilo de las momias aztecas. ¡Y no estaba muerto! "Huija", grité, "hurra, hermanos, respira y mueve la cola". Sebastián batió palmas y se arrastró hasta el lavatorio, dejando como siempre limaduras de saliva en el piso; y se prendió a la goteante canilla, lamiéndola, para engañar el estómago. El Loco, que no cabía de gozo en su rayada piel, le hizo un chiste de festejación: corrió tras él, lo tomó de las casi invisibles piernas, y lo metió de cabeza en el inodoro. Y tiró la cadena varias veces como broche de oro. Me reí a más no poder, retorciéndome, a la vez me arrastraba -yo también- hacia nuestro descojonado baño. "¡Uy uy uy, qué bueno!", dije, "hacéselo otra vez; yo te ayudo, Loco". El Patrón me miró con el asco en los ojos, y provisto de súbita jeringa me aplicó una inyección de brillantina sólida: endovenosa. A los tumbos, desesperado, a punto de desmayarme vomitar o cagar hasta las tripas, fui a remodelarme a un rincón, esperando que Sebastián se permitiera algún comentario para arrancarle la piel a dentelladas, convertirlo en una pura llaga. Alcira dijo: "Yo quiero acunarlo a Atilio Taneredo Vacán; a ese chico ya se le para". "Mierda: tomá tomá y tomá: ¡es pa mí nomás!", se opuso la Carla Greta Terón. Alcira Fafó se le abalanzó para degollarla con una navaja, y como se lo impedimos le gritó, a la otra que ya se revolcaba garchando con su hijo: "ojalá que un gato rabioso se te meta en la concha y te arañe arañe arañe, la puta que te parió!"
Estallaron todos los vidrios de la casa, se hicieron añicos. La primer bola de fuego incendió la cabellera de Alcira. Esta vez, en serio, fue necesario recurrir al chiste que se le hiciera a Sebastián, que semiahogado hipaba sobre unos titulares revolucionarios. La segunda bola de fuego calcinó la mano izquierda de Carla Greta Terón. Entonces apareció mi mujer. Con nuestra hija entre los brazos, recubierta por ese aire tan suyo de engañosa juventud, emergía, lumínica y casi pura, contra el fondo del fiord.
Los buques navegaban lentamente, mugiendo, desde el río hacia el mar. La niebla esfumaba las siluetas de los estibadores; pero hasta nosotros llegaba, desde el pequeño puerto, el bordoneo de innumerables guitarras, el fino cantar de las rubias lavanderas. Una galería de retratos de poetas ingleses de fines del siglo XVIII brilló, intensamente, durante un segundo, en la oscuridad. Pero no se acabó lo que se daba. Continuó bajo otras formas, encadenándose eslabón por eslabón. No perdonando ningún vacío, convirtiendo cada eventual vacío en el punto nodal de todas las fuerzas contrarias en tensión. Por algo los vidrios se habían roto y eran bolas de fuego los ojos del lúcido, del crítico Sebastián. Tampoco era casual que mis manos rompieran el invisible aire de su contorno y, algo lastimadas, se extendieran hacia la figura de mi mujer, aunque luego se detuvieran a mitad de camino, crispadas, convertidas en dos puños increpantes, incapaces incluso de la salutación. Ella me mostró sus tobillos: dos muñones sangrantes. Ella transportaba en la mano derecha sus pies aserrados. Y me los ofrendaba a mí, a mí, que sólo me atrevía a mirarlos de reojo. Que no podía aceptarlos ni escupir sobre ellos. Que ahora miraba nuevamente hacia el fiord y veía, allá, sobre las tranquilas aguas, tranquilas y oscuras, estallar pequeños soles crepusculares entre nubes de gases, unos tras otros. Y hoces, además, desligadas eterna o momentáneamente de sus respectivos martillos, y fragmentos de burdas svásticas de alquitrán: Dios Patria Hogar; y una sonora muchedumbre -en ella yo podía distinguir con absoluto rigor el rostro de cada uno de nosotros- penetrando con banderas en la ortopédica sonrisa del Viejo Perón. No sabemos bien qué ocurrió después de Huerta Grande. Ocurrió. Vacío y punto nodal de todas las fuerzas contrarias en tensión. Ocurrió. La acción -romper- debe continuar. Y sólo engendrará acción. Mi mujer me ofrece sus pies, que manan sangre, y yo los miro. Me pregunto si yo figuro en el gran libro de los verdugos y ella en el de las víctimas. O si es al revés. O si los dos estamos inscriptos en ambos libros. Verdugos y verdugueados. No importa en definitiva: éstos son problemas para el lúcido, para el crítico Sebastián: él sabrá prenderse con su hocico de comadreja a cualquier agujero que destile humanidad. No le damos ni le daremos de comer. Ni de cojer. Jamás. Atilio Tancredo Vacán ya gatea. Chupa de la teta de su madre una telaraña que no lo nutre, seca ideología. El Loco me mira mirándome degradándome a víctima suya: entonces, ya lo estoy jodiendo. Paso a ser su verdugo. Pero no se acabó ni se acabará lo que se daba.
El Loco Rodríguez forzó con el cabo del látigo la puerta del comedor Chippendale. Tomó a Atilio Tancredo Vacán en sus brazos y se sentó a la cabecera de la mesa, acunándolo. Yo engrillé al entrañable Sebas para conducirlo al comedor; allí lo encadené a una argolla de hierro fijada en la pared especialmente para él. Quiso rehuir la cena pretextando su cáncer Alcira Fafó; a mí con esas; le hinqué, sin más, mi estilográfica en un seno, que allí quedó colgando, apenas prendida de la piel, y la obligué -y no ogarché, como dice Sebas- a sentarse a la siniestra del Loco. Quedaba por ubicar Carla Greta Terón, menester incluido en mi pliego de obligaciones porque yo era el maître. Me cuadré, sin embargo, frente al Trompa Capanga, Amo y Señor, esperando órdenes, que no tardaron en llegar. "Traigalá, nomás, rodando en su cama; la rociaremos con unas salsas para evitar que la carne la afecte", dijo, y repitió "ecte", con despectivo gesto, tras lo cual me aplicó (desprecio tras desprecio) un papirotazo en la cabeza de la garcha. Pero no hay amargura que a mí me derrote: hasta el dormitorio fui al trote, golpeándome la boca con la mano, dando alaridos, como hacen los indios. Pegué un resbalón de órdago con el apuro y la payasada, apuro plenamente justificado porque llegué justo a tiempo: Carla Greta Terón ya había llenado de agua su enorme vaso azul de material plástico, y se disponía a abrir la caja de útiles donde guardaba mortales dosis de barbitúricos. "Oh no, no", le dije, "con barbitúricos no, batracia", y la conduje hasta el ventanal del techo y le mostré el fiord grávido de luna. La tomé dulcemente de la mano y le miré el culo con fijeza obsesiva. Tragué saliva. "¿Ves?", le dije, mientras apartaba el humo con la mano para mostrarle una estremecedora asamblea de mecánicos de pie con la soga al cuello. "¿Ves?", insistí, al mismo tiempo que dejaba caer mi sinuoso perfil sobre sus redondas tetas. Un asambleísta caminaba sobre las acolchadas cabezas de los otros, profetizando: "Jamás seremos vandoristas, jamás seremos vandoristas". En seguida quedó inmóvil y empezó a cuartearse. Carla Greta Terón se desperezó como un gato y arrojó las letales pastillas al orinal. Aferré con mis dós manos la caja de útiles (era en forma de barca) y la estrujé contra mi pecho desnudo. "Si yo pudiera poseer esta caja de útiles no me importaría perder el resto", mentí. Y ella, la dulce, la incomparable Carla Greta Terón, asintió con el ondular de su hermosa cabellera. Yo me postré a sus pies y le besé las mantecosas rodillas. Empuñé mi miembro y le aparté con los dedos los pelos vaginales. Copulamos. Fue un polvacho rápido y frenético. Antes de echarnos el segundo ella me convenció de que me sacara las medias y el escapulario, mi única vestimenta. Y medias y escapulario también fueron a morir al orinal. Murieron, y ella y yo nos echamos el segundo. Perfecto. Qué lindos pechos los de Carla Greta Terón. Se los remamé hasta de leche materna empacharme. Cojer fue una gran alegría para ambos, cojer y acabar juntos, moción aprobada por unanimidad. Y cuando entré al comedor empujando la cama, yo, yo era otro.
Simultáneamente Sebastián y yo intercambiamos imperceptibles guiños con nuestros respectivos ojos (izquierdos) de la cara. Vi con alegría sonreír al entrañable Sebas, por primera vez desde que nos expulsaron de MARU: flotaba en el aire que estábamos en vísperas de grandes cambios. Tomé asiento frente al Loco y me anudé al cuello una servilleta a cuadros para no mancharme las tetillas de grasa. El Loco oprimió el botón; se escucho el previsible chasquido y del baúl tabla surgió una fuente de dos metros de diámetro. Veíase en el centro de la misma un gigantesco pavo real asado al spiedo, pero sin recurrir al vulgar expediente de quitarle sus hermosas plumas. También aparecieron docenas de botellas del tintillo de la costa que a mí me hace mover las orejas de alegría. Pero no sé por qué -o lo sé de sobra- se me cerró el estómago. Peor aún. Mis intestinos empezaron a planificar una inminente colitis. Al primer retortijón me doblé en dos y el Trompa Amo y Señor ya me miró con mala cara. "Date", me dijo, "date", repitió, "date tiempo para llegar hasta la chata: una sola vez te lo prevengo". Oh, sí: en la guerra revolucionaria uno tiene que ser ladino: "Si no es nada, si ya se me va a pasar, paisano", contesté, poniendo mi mejor cara de boludo. E ipso facto me cagué con alma y vida. Estruendosamente, para colmo. Una mueca de incontenible ira ensombreció el rostro del Loco, quien con esa habilidad que sólo puede dar la costumbre, sacó de su canana una puntera de acero y la añadió al extremo del Látigo. Pero el asombro lo detuvo, porque yo, mirándolo a los ojos y con una sonrisa de oreja a oreja, me recontracagué nuevamente. Alcira Fafó se mordió una mano para contener el grito, mientras Carla Greta Terón liberaba su angustia macheteándose con un mayúsculo consolador. Fue tremenda mi tercera deposición: salpiqué hasta el cielo raso, el cual quedó como hollado por patas de fieras, aunque era sólo mierda. Y entonces El Loco se resignó; vino hasta mí, me arrastró de los pelos por mi propia porquería, y levantó, dispuesto al castigo, el temible-hermoso LATIGO. El deseo de asegurarse una victoria aplastante, sin embargo, conspiró contra él: antes de empezar a pacificarme giró la vista para vigilar a Sebastián: lo sorprendió en cuatro patas, mostrándole airado sus verdinegros colmillos. Entonces El Loco cifró todas sus posibilidades en su rapidez de tigre. De una patada de taquito lo descuajeringó al estratégico Sebas, y luego se dedicó exclusivamente a mí. El primer LATIGAZO me arrepolló la oreja izquierda. Perdí toda mi tibieza centrista y grité, grité como un poseso: "¡Arriba los Pobres del Mundo!", y "¡Atrás, Atrás, Chancho Burgués!". El segundo me incrustó el esternón en la pared del estómago, toda cubierta de musgo. El tercero me arrancó un testículo y vi mi sangre. Con ella regando las baldosas del piso, inicié un desaforado recule en dirección al guerriloto Sebas, quien cuando estuve a su alcance me recibió con una tocadita de upite a modo de aliento y de saludo. El Señor Amo Capanga Loco levantó su látigo para estrechar vínculos conmigo por cuarta vez, y como de costumbre yo estuve en un tris de salir cagando aceite. Se me ocurrió llamar a la Sociedad Protectora del Prototraidor, pero un trallazo se me introdujo en la boca cuando la abrí para gritar: "Auxilio, socorro al cagón", a través del teléfono.
Sebastián gesticuló, muequeó, supuró, parió. Rápidamente yo tenía que definir la situación. La cantidad se transforma en calidad. O los fabulosos latigazos del Loco terminarían gustándome, era de cajón. Uno más y a la mierda la rebelión. Entonces, el lúcido, insurrecto Sebastián, volvería a pasarlas muy mal acusado de ideólogo: nuevamente para él, ayunos, lecturas censuradas, pizcas de picana, castidad, prohibidas incluso la homosexualidad a solas y la solidaria masturbación. Y tuvimos suerte, sin embargo: El Loco volvió a desviar su atención hacia Sebas, que pretendía refregarle por el rostro un panfleto recién redactado. El Patrón Rodríguez lo pateó un poco al livianito Bástian, hizo jueguito con él para obligarlo a planear por el aire; cuando Sebastián planeó, ensartóle El Loco el mango del látigo en el raquítico culo; Sebas describió su parábola profiriendo un "ah" melodioso, y postróse en un rincón luego del inevitable estrellamiento de su cráneo contra el muro: evidentemente, nuestra anterior militancia en el MRP no nos estaba sirviendo de mucho.
Patria o Muerte: reaccioné con todo. Me le prendí con los dientes del carnudo hombro al restallante Loco. Parando los ojos como un santito vi el agrandamiento de los poros de su cara, el extrañamiento de cada fibra de su piel. Como dándole un vuelco al mundo, contemplé toda su gama de fisuras. Descubrí que tenía dientes postizos, nariz de cartón, una oreja ortopédica (de sarga). Sebastián comprendió lo que estaba ocurriendo y carcajeó por mí, allá en su rincón. Atilio Tancredo Vacán fue amorosamente depositado sobre el intacto pavo y las mujeres iniciaron un baile esgrimiendo cuchillos y tenedores: ellas estaban desnudas.
La sangre del Mordido en olas se me colaba entre los dientes y me inundaba la boca. La Carla Greta Terón convertida ya en una S, en una Z, en una K o en una M rabiosa señalaba desesperada los huevos de nuestro ex amo y señor. Les pegué un rodillazo y se hicieron añicos: construidos estaban de frágil cristal. El Sebas se las ingenió como pudo para traerme la morsa. Apreté con ella la pierna derecha del Capado y comprobé con placer que la misma se encogía y enflaquecía tremendamente, hasta parecer la piernezuela despreciable de un bebé de pocos meses, algo que daba asco. El abrileño Bastián sometió su cuerpo quebrantado por el exilio a otro esfuerzo encomiable: arrastró hasta mí el descomunal revólver del Lejano Oeste que el Apretado guardaba celosamente en un cajón de ciruelas. Al entregármelo él reía como un bendito, y de puro gaucho corajudo y montonero nomás se encaprichó en montar el gatillo. Desde diez centímetros de distancia. apunté: la mira del revólver enfocaba la rodilla izquierda de Rodríguez. Oprimí el gatillo. ¡Qué infantil alegría cuando sonó el disparo! La bala se incrustó entre los quebradizos huesos sin orificio de salida. Hubo un derrame interno y -advertí- la pierna se puso negra. Repetí la operación ahora con el oído derecho del Baleado. Apreté el gatillo. Sonó el disparo. La cara, el cráneo entero del Iguez se puso negro. Ennegreciósele hasta el blanco de los ojos. Sólo la dentadura apretada-encastrada hasta crujirle de dolor permaneció blanca y luciente. "Ae ae", lo remedaron Alcira Fafó y Carla Greta Terón; y "no lo despenes pronto", me rogaron. "Y dale dale dale" mumuró haciéndose el chiquito el burguecida Bastiansebas, quien ya despojado de innecesarias reglas de seguridad, me preguntó: "¿Cómo te llamas?". "Rondibaras, Asangüi, Mihirlys", repuse, y él me tranquilizó con un rotundo "ta bien" mientras se apretaba el ombligo para que el pus saliera. Atilio Tancredo Vacán guardaba un terco silencio, pero se hacía la paja.
Y no todo era mentira, cosa prefabricada, representación dolosa en la estructura de Rodríguez, jaspeada por hermosas vetas de carne humana. Apunté a una de ellas; hice fuego con cierta tristeza; la sangre avanzó hacia mí como pidiéndome amparo. ¿Y si se lo daba? El rojo chorro en espiral se me anudó al cuello igual que una bufanda. La dogmática, lúcida Alcira, me increpó: "Rajáte ya mismo de ese repugnante-pugñoso oropel ! ". Desgarrándome, cabalgando sobre ciertas inquietudes del pasado -que al fin y al cabo existió- me rajé del oropel. Cerré los ojos e intenté continuar mi obra, en el último minuto. ¿Y si al Agonizante le propusiera un Frente, un Pacto Programático sobre la base de. Por qué no? Temblé. Ahora las riendas de la situación estaban en las manos de la implacable Alcira Fafó, Amena Forbes, Aba Fihur. Que me apartó de un empujón y clavó en la nuca del Sangrante un esterilizado punzón de cincuenta centímetros de largo. Rez murió en el acto. El revólver colgaba flojamente de mi brazo. Basti me miró a mí y yo a él: habíamos vivido para ese momento.
La habilidad de Arafó nos marginaba. Ella se movía como un pez en el agua. Con impecable y despersonalizada técnica organizó el descuartizamiento del hombre que acababa de morir; luego, hizo un rápido movimiento, imperceptible casi, para agarrar el látigo, pero, astuta se contuvo. Primero seccionó el pito, que fue a parar, dando vueltas por el aire, a las manos de Cali Griselda Tirembón; de ellas, a una sartén con aceite hirviendo. Lo que quedó de la hermosa veta de carne humana encontró su destino final en nuestro pútrido inodoro: Aicyrfó tuvo el especial cuidado de dividir la veta en pequeños trozos con su ALFILER De Marras, para luego hacerlos desaparecer sin pérdida de tiempo. Cortó también la pierna achicada y se la dio a despellejar a Alejo Varilio Basán, fanático de la masturbación. Ella se comió los ojos. Cagreta la cabeza entera. Yo, una mano crispada. El Basti lamió en su rincón trozos irreconocibles, y unas hormigas invasoras liquidaron el resto.
Sonó el gong. Era La Loca del Alfiler haciéndolo sonar. Sonó el gong. Era ella, levantando la tapa de la sartén y aspirando el aroma con fruición. Probaba con una bolita de miga de pan el ahora vitaminizado aceite y nos miraba a todos con ojos chispeantes. Golpeó otra vez el gong y luego batió palmas con el Alfiler entre los dientes. Todos nos sentamos a la mesa sin chistar. Nos sirvió a cada uno un pedazo de porongo frito, que cada uno devoró a su manera, murmurando apenas aquello de "con tu pan te lo comas". Recuerdo que me soné los mocos con los dedos y me los colgué de las pestañas, como si fueran lágrimas. Tenía perfecta conciencia.
El desesperado rumor venía de la sala. Mi mujer sometía la cerradura del ventanal del techo al trabajo de sus dientes. Sin pies, era difícil que pudiera afirmarse, abrir, luego de romper la cerradura con los dientes. Cedió la cerradura con un clanc de lo más austero. El barco partió, zarpó una vez más, luego de dejar a su única pasajera. Ella apareció en la puerta del comedor con la boca destrozada pero sin nuestra hija, que ahora seguramente aguardaba en algún lugar del puerto, otro barco, que tampoco tardaría en zarpar. Mi mujer apretó los labios. Sus ojos azules a todos nos abarcaron, en silencio. Vino hasta mí y me enseñó sus muñecas: dos muñones sangrantes. Apretaba entre las encías sus manos aserradas. Sin rabia, las escupió sobre la mesa. Hice un esfuerzo y me aproximé para verlas, verlas con los ojos bien abiertos. La izquierda se posó sobre la derecha; luego, la derecha sobre la izquierda. Tomaron una flor artificial del centro de mesa y la estrujaron. Los pétalos me golpearon en plena cara. Ella se fue, caminando de rodillas.
Las inscripciones luminosas arrojaban esporádica luz sobre nuestros rostros. "No Seremos Nunca Carne Bolchevique Dios Patria Hogar". "Dos, Tres Vietnam". "Perón Es Revolución". "Solidaridad Activa Con Las Guerrillas". "Por Un Ampliofrente Propaz". Alcira Fafó fumaba el clásico cigarrillo de sobremesa y disfrutaba. Hacía coincidir sus bocanadas de humo con los huecos de las letras, que eran de mil colores. Me lo agarró al entrañable Sebas de una oreja y lo derrumbó bajo el peso de la bandera. Yo la ayudé a incrustarle el mástil en el escuálido hombro: para él era un honor, después de todo. Así, salimos en manifestación.
Octubre 1966 - Marzo 1967.



