5/4/08

En nombre del padre y el amante



Soy hija del Creador del mundo y todo lo que hay en él, estas estrellas y del angel que arrancó sus alas para poder concebirme.
Desde entonces cargo con un eterno dolor que me ha deformado la espalda.
De esa abominable unión no pude ser otra cosa que un milenario semidemonio que fornica las noches por 20 dracmas, sextercios, táleros o dólares.
Durante el día alimento a los animales, aseo los claustros, cambio las velas de los altares del convento y rindo culto a mis padres en secreto.
Noches atrás conocí a un sujeto al cual siento no poder cobrarle mis servicios (aunque quisiera).
Salvo cuando no hay luna, me espera bajo el puente donde realizamos nuestro fraudulento comercio.
Desde entonces sólo quiero estar con él. Me acaricia la giba mientras susurra el idioma de mi madre.
Durante el último placer, envueltos en una densa niebla, perdí la cuenta de las horas hasta que un débil rayo de sol me cruzó la frente. Me escapé de sus brazos y huí descalza al convento.
Al arrastrarme por el húmedo túnel por el cual entro y salgo sin ser vista cada invariable crepúsculo, una raíz dura abrió mi espalda liberando con violencia una osamenta que al desplegarse desde mis omóplatos se apretaba contra ambas paredes del pasadizo subterráneo.
Corrí desesperada, casi desnuda, cubierta de tierra y hojas húmedas por el patio, esperando no ser vista en tan monstruosa configuración.
A pasos de llegar a la puerta segura no pude evitar ver persignarse con horror a la hermana Verennise que iba rumbo al campanario.
Eché el cerrojo y me arrodillé en el suelo de piedra. Sabía que llegarían en cualquier momento a golpear, luego derribar mi puerta. Aterrada intenté pronunciar el credo de mi padre, pero fue imposible: comencé a vomitar plumas grises que no dejaban de flotar y poblar mi pequeño claustro.
Las astillas de la puerta se clavaron en mi piel, en mis ojos. Una muchedumbre de hábitos escudados tras los crucifijos se agolpó contra el umbral mientras rezaba un zumbido insoportable.
Me puse de pie, las dos enormes alas sucias que me habían salido y que en vano intentaban aletear se retorcían contra las esquinas de la minúscula habitación.
Han muerto muchos abades y abadesas en el decurso de los siglos y yo pervivo encadenada bajo la cripta, entre mis heces y mis plumas grises.
Hoy alguien vino a visitarme. Con una tea en la mano alumbró mi cuerpo, mis alas mugrosas, mi rostro. Pude reconocerlo cuando mis ojos se acostumbraron a la luz trémula: era él.
Mi corazón aleteó con todas sus fuerzas, era seguro que venía a liberarme.
Pero apenas terminó de decir algo en el idioma de mi madre retrocedió sin darme la espalda y desapareció tras la pesada puerta de piedra.

Llegó el día en que todo no fue más que arena y el cielo se abrió sobre mi; pero también comprobé que el mundo que mi padre había creado estaba desierto y destruido.

Supuse que él - mi padre y mi amante, ahora lo sé- habría decidido abandonar su creación la última vez que vino a visitarme con la tea en la mano.

Aunque pude batir mis enormes alas comprendí que volar era del todo inútil pues ya no tendría destino.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué placer... que nos convide nuevamente con una exquisitez de éstas, luego de largos días de inevitable y lógica irrupción de temas de la realidad que nos pega (y mallll!) y de la tal vez no tan inevitable seguidilla de rencillas amicis corresponsálicas.

El Burgués Apóstata dijo...

tantelli, quisiera poder producir más cuentos, pero son así: vienen de la nada, al vuelo y son difíciles de atrapar.
me alegro que le haya gustado.

Anónimo dijo...

Coincido totalmente. Con las corresponsalías creaste dos monstruos.

El Burgués Apóstata dijo...

estimado único guapo en camiseta, ¿quiere sumarse al equipo de monstruos corresponsales?

Anónimo dijo...

No te alcanzan con dos? Sabés la que se va a armar conmigo también?

El Burgués Apóstata dijo...

pepe cookie, si quiere ser corresponsal, haga méritos.