25/4/08

El dios de los sueños y la memoria (historia de los monstruos petrificados)


Cada noche de plenilunio la tribu remontaba el río hasta la morada del anciano eremita para escuchar las historias ancestrales que determinaban su pasado, presente y futuro sobre la Madre Tierra.
Aquella noche en que la luna espolvoreaba su fina luz de tiza sobre los congregados alrededor del fuego, el viejo narró la historia de los monstruos petrificados. Les dijo que mucho antes de que el hijo del Sol honrara la Tierra habitaron gigantescos monstruos; unos tenían la posibilidad de volar y exhalar fuego; otros sumergirse en los profundos mares durante siglos; otros simplemente caminaban el suelo.
Engendrados por el dios de los sueños y la memoria durante una de las siestas del Gran Espíritu, su creación, lejos de ser armónica, dirimía su tiempo devorándose entre sí.

Como no había suficiente alimento en los mares -los peces llegarían más tarde- los monstruos del agua solían ocultarse bajo las olas de la costa hasta que la manada de terrestres se acercara lo suficiente para sorprenderlos y cazarlos en el momento en que disfrutaban de un baño. El espectáculo horroroso teñía las aguas de sangre y mutilaciones y mayor espanto aún cuando los monstruos voladores se sumaban al encarnizado banquete incendiándolo todo.

Al despertar el Gran Espíritu vio el caos en que estaba sumergida la Tierra y esto le causó grande pena, luego furia.

Descargó primero su ira sobre los monstruos marinos creando un vórtice donde la mayoría pereció desmembrada. Los pocos sobrevivientes quedaron confinados en el fondo de los océanos donde subsisten realizando lentísimos movimientos que duran millones de años.

A las bestias terrenales las fulminó con un rayo, partiéndolas en diminutos seres de los cuales descienden los animales que comparten con nosotros la vida; entre ellos el oso, el puma, el caballo, el pez.

Mayor trabajo le costó deshacerse de los monstruos voladores. Aunque enormes -su vuelo ocultaba al Sol- eran escurridizos y fortísimos. Escupiendo sus llamaradas en todas las direcciones, de modo que la Tierra toda, incluso el cielo, se volvió una gran bola de fuego desafiaron al Gran Espíritu quien respondió con tremendas lluvias heladas que ahogaron sus vuelos.

Muertos a gran distancia del suelo, cayeron planeando como hojas de otoño, ardiendo por dentro con su propio fuego.

Hoy el mundo es su cementerio, yacen petrificados sobre la superficie (imposible darles sepultura), con bosques sobre sus antiguas corazas, nieves infinitas en sus lomos, los valles han verdecido sobre sus gigantescas alas.

En cuanto al dios de los sueños y la memoria, su castigo fue el encierro en el centro de la Tierra, donde todo arde y arderá.

Sin embargo, esta cárcel debió ser imperfecta: hay en sus paredes de fuego inestables resquicios por donde sus largos cabellos llegan a la superficie e invisibles penetran los ojos mientras dormimos, atormentando nuestros sueños. De día nublan la mirada haciéndonos olvidar la devoción hacia el Gran Espíritu.

Es entonces cuando cometemos nuestros peores crímenes.

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