9/3/08

La obra de teatro más antigua


El drama teatral más antiguo del que se tenga noticia no fue escrito en Grecia.
Aunque algunos investigadores concuerdan en que él o los autores deben haber sido de Uruk, ciudad de Sumeria, hacia el 3200 AC, los primeros manuscritos fueron hallados al pie de los montes Zagros en Persia.
Esta obra, según los registros, debe haber sido representada pocas veces; no porque tuviera falta de arte, sino por lo costosa y la peligrosidad que significaba para sus actores.

Gracias a la soberbia de Hipias, quien se jactaba de ser un experto en todos los temas, es que satirizó en una de sus pocas notas la acalorada discusión que involucró a Protágoras y Trasímaco para permitir o prohibir su puesta en escena en Atenas.
Naturalmente, se prohibió.
No obstante, la obra circuló por todo el Asia Menor, pero con pocas actuaciones y menos éxito.
Es necesario mencionar que el viaje del texto a través del tiempo y las ciudades, las traducciones y los descuidos hicieron que se perdieran varios actos importantes. Paradójicamente, la conjunción de estos factores determinó que el drama finalmente se representara.

Fue Juan Prodromos el que la hizo famosa al ponerla en escena en Palestina a principios del 30 DC. Consciente de la excesiva duración de la obra, la variedad de personajes y locaciones necesarias resolvió performar sólo los últimos actos en diversos escenarios naturales de Galilea y Jerusalén. Precursor extemporal no reconocido, Juan Prodromos fue el primero en utilizar el ilusionismo y al público como un actor más de la obra.
El papel protagónico recayó en un carismático zelote betlemita que de muy joven escandalizaba a los observantes de la Torá y descendientes de Leví con discursillos provocadores. Fue Juan Prodromos el que lo convenció para el papel principal a cambio de sacarlo del encarcelamiento que estaba penando entonces.

Luego de un año de ensayos, la obra teatral, originalmente conocida con le nombre de Mirsha o Mirshaj-al, fue rebautizada por Juan como Mashíaj y así se divulgó hasta el 60 DC.
Juan Prodromos había puesto muchas expectativas y dinero para el Mashíaj, pero comenzó a impacientarse con el poco éxito que tenían las representaciones de las primeras partes. Según notas al pie de los manuscritos hallados en Qumram, Juan no sabía si echarle la culpa a las flojas interpretaciones de los actores, fundamentalmente la del zelote, o a la falta de entendimiento por parte de los toscos galileos.

Para evitar caer en bancarrota decidió suprimir algunos actos y poner en juego los trucos que había ideado al adaptar el Mirsha. Así, el día de representación de la jornada sobre las aguas del lago Tiberíades salvaron a Juan y su compañía teatral del naufragio económico y el olvido.
Al avecinarse el Pésaj y el final del Mashíaj, Juan Prodromos decidió trasladarse con su gente a Jerusalén.
Las multitudes que congregaba la obra despertó la curiosidad de los sacerdotes, quienes al verificar su contenido pagano y subversivo elevaron una denuncia al tetrarca.

Faltando apenas performar el último acto, Juan Prodromos tuvo que comparecer ante el tribunal sacerdotal que lo declaró culpable de blasfemia y herejía. Herodías, esposa del tetrarca, célebre por sus caprichos, pidió que fuera decapitado.

La noticia de su ejecución causó conmoción en la compañía teatral quien resolvió continuar representando el Mashíaj hasta el fin.
La noche anterior a la última función, Isá, el protagonista, ensayó y revisó cuidadosamente el truco de los clavos hasta entrada la madrugada. Cuando se iba a descansar fue sorprendido y capturado por una patrulla de soldados. Un miembro de la compañía que por motivos que aún hoy se desconocen, lo había traicionado.
Al igual que Juan Prodromos, Isá, el zelote betlemita fue juzgado y encontrado culpable de blasfemia y sedición.

Sin saberlo y dadas las características del Mashíaj, el Sanedrín, el tetrarca y el gobernador romano no hicieron otra cosa que sumarse al elenco y representar su papel.
Justo es decir que sus actuaciones fueron de lo más sublime y fieles al libreto.
También lo fue -brechtiana a ultranza- la de Isá o Yahshuá, como le decían en Galilea.

Muchos concuerdan en que el éxito y trascendencia de la obra de teatro más antigua del mundo se deba a la falla en el truco de los clavos.
Hay otros que dicen que el truco de los clavos sí funcionó, y como prueba irrefutable de esto son los testimonios que juraron haber visto días más tarde a Yahshuá caminando entre la gente por las calles de Jerusalén.

Cierto o no, este error fatal convirtió al Mashíaj en lo que hoy se conoce como Nuevo Testamento. Otras versiones denominadas apócrifas fueron excluidas de este libro por alejarse en demasía del argumento original de Sumeria.
Un grupo reducido y vituperado de investigadores sostiene que el Mashíaj continúa representándose en nuestros días y que aún no ha concluido.


1 comentarios:

Yahshuá dijo...

Luego más tarde se empezó a escribir la novela de la cual fuí protagonista, cierto que con algunos retoques, la correción duró, si mal no recuerdo, unos cuantos siglos. Finalmente hemos decidido imprimir varias versiones con el objeto de customizarla al gusto de nuestra distinguida clientela.

Amén